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    <body>&lt;p class="MsoNormal"&gt;Javier y Ra&#250;l se conoc&#237;an desde los tiempos de la facultad.Ambos estudiaron periodismo, y el que sus intereses profesionales fuerancomplementarios les ayud&#243; siempre. Ra&#250;l se inclin&#243; por la fotograf&#237;a y Javierpor el reportaje. Trabajaban juntos en un peri&#243;dico de barrio formando equipo,pero estaban cansados de ocuparse de noticias locales sin ning&#250;n tipo dealcance: el metro se par&#243; por causa de la tromba de agua; las obras de la M30han provocado un atasco de 18 kil&#243;metros; un ni&#241;o rescatado por los bomberosdel &#225;rbol al que se hab&#237;a subido; magreb&#237; atacado por una pandilla de skins&#8230; 
&lt;p class="MsoNormal"&gt;Mientras tomaban caf&#233; en la terraza del bar que hab&#237;a en laesquina del edificio discut&#237;an el mejor modo de hacer un reportaje memorable,espectacular, un reportaje que les sirviera de punto de partida para intentaracceder a un puesto en alg&#250;n diario importante, como El Pa&#237;s o El Mundo. Peronecesitaban algo bueno. Algo muy bueno.
&lt;p class="MsoNormal"&gt;Abdul no llegar&#237;a a los veinte a&#241;os, pero parec&#237;a bastantemayor. Hac&#237;a cuatro meses que trabajaba como camarero, con una jornada de ochode la ma&#241;ana a doce de la noche por un sueldo miserable. Sin embargo, eso lepermit&#237;a compartir un piso con otros compatriotas y enviar algo a su familia. ATindouf. 
&lt;p class="MsoNormal"&gt;Abdul era saharaui, de Smara, la ciudad sagrada del SaharaOccidental, aunque en realidad &#233;l ya hab&#237;a nacido en Tindouf, en el gigantescocampo donde, desde la Marcha Verde, se instalaron los habitantes del Saharaoccidental tras la invasi&#243;n de Mauritania y Marruecos a ra&#237;z del vergonzante abandonoen que les dej&#243; el gobierno del moribundo dictador espa&#241;ol en 1975. Sinembargo, su familia, instalada en la wilaya (t&#233;rmino con el que se denominanlos distritos en los que se divide el campo de refugiados) de Smara, siempre lehab&#237;a inculcado su nacionalidad saharaui y el sentimiento de pertenencia aaquellas tierras.
&lt;p class="MsoNormal"&gt;Javier y Ra&#250;l conoc&#237;an a Abdul desde que empez&#243; a trabajar enaquel bar y siempre les llam&#243; la atenci&#243;n su amabilidad, lo atento y agradableque era con todo el mundo, derrochando una hospitalidad que resultaba, cuandomenos, sorprendente en un empleado ilegal que trabajaba por una miseria. As&#237;,las propinas que sol&#237;an dejarle eran mayores de lo habitual, y hab&#237;anestablecido una cierta relaci&#243;n m&#225;s all&#225; de lo habitual entre clientes ycamareros. As&#237;, sab&#237;an que Abdul ten&#237;a en Tindouf a su madre y tres hermanosmenores, mientras que su padre estaba luchando con las guerrillas del FrentePolisario en su, hasta el momento, in&#250;til lucha por expulsar a los marroqu&#237;esde sus tierras.
&lt;p class="MsoNormal"&gt;Mientras los j&#243;venes periodistas discut&#237;an sobre qu&#233; temaser&#237;a m&#225;s impactante de cara a un futuro reportaje que impresionara a losdirectivos de alg&#250;n gran peri&#243;dico de tirada nacional, Abdul les escuchaba atrozos, mientras iba y ven&#237;a entre las mesas sirviendo ca&#241;as y raciones con lamejor de sus sonrisas. Y as&#237;, cuando les llev&#243; la cuenta, les coment&#243; que quiz&#225;un reportaje sobre su pa&#237;s podr&#237;a ser lo que buscaban. Los dos amigos semiraron, pensando que ya estaba casi todo dicho sobre el Sahara, el Frente Polisario,la terrible situaci&#243;n que se viv&#237;an en los campos de refugiados, y las tretasde Marruecos para despoblar el territorio de saharauis antes de permitir que secelebrar ning&#250;n refer&#233;ndum y as&#237; poder quedarse con esas tierras de las ques&#243;lo les interesaban el petr&#243;leo, los fosfatos y los riqu&#237;simos bancos depesca. Sin embargo, no quisieron decepcionar a Abdul, al que apreciabansinceramente, y quedaron en hablar con &#233;l esa misma noche cuando cerrara elbar.
&lt;p class="MsoNormal"&gt;Aquella noche los tres muchachos se reunieron en torno aunas cervezas -excepto Abdul que no beb&#237;a alcohol por cuestiones religiosas- yconversaron sobre el reportaje y sobre el Sahara. Ni Ra&#250;l ni Javier cre&#237;an quede ah&#237; podr&#237;an sacar algo, pero s&#237; estaban convencidos de que lo menos quepod&#237;an hacer por Abdul era escucharle, aunque a ellos no les sirviera de nada. 
&lt;p class="MsoNormal"&gt;Pero Abdul les puso delante la historia que andabanbuscando. El campamento de refugiados de Tindouf sobreviv&#237;a gracias a la ayudainternacional de car&#225;cter humanitario ya que, situado en la Hamada, no hab&#237;aninguna posibilidad de actividad productiva all&#237;, aunque afortunadamente hab&#237;aagua en el subsuelo. La organizaci&#243;n administrativa est&#225; en Rabuni, que es eln&#250;cleo central de la administraci&#243;n pol&#237;tica de la Rep&#250;blica &#193;rabe Saharaui Democr&#225;tica(RASD). All&#237; est&#225;n tambi&#233;n los "ministerios", as&#237; como el HospitalNacional y centros educativos, con muchos m&#225;s medios de los que hay en el restode las wilayas, gracias a la ayuda internacional. Como los hombres seencontraban en el frente, al principio, y vigilando las fronteras, despu&#233;s, laresponsabilidad del funcionamiento del campo reca&#237;a y recae a&#250;n sobre lasmujeres, que se ocupan de todo. Sin embargo, desde hac&#237;a unos meses, al parecerhab&#237;a problemas graves de abastecimiento pese a la continuidad de los env&#237;oshumanitarios, a los que hab&#237;a que a&#241;adir desde hac&#237;a poco misteriosas desaparicionesde algunas mujeres muy j&#243;venes. Abdul estaba al corriente de esta situaci&#243;nporque en una carta de su madre, Aicha, &#233;sta le hab&#237;a contado que estaba muyasustada ya que hab&#237;a desaparecido la hija de doce a&#241;os de la jaima vecina. Aichatiene dos hijas de 11 y 14 a&#241;os, adem&#225;s de Abdul y de otros dos muchachos de 10y 7 a&#241;os, y estaba realmente preocupada por la situaci&#243;n. Seg&#250;n Abdul losresponsables de tal situaci&#243;n son los integrantes de una red de prostituci&#243;ninfantil formados por funcionarios corruptos, tanto de Argel como de Marruecos,que aprovechan la situaci&#243;n tan precaria del campo para secuestrar ni&#241;asmientras desv&#237;an la atenci&#243;n con el problema de abastecimiento por ladesaparici&#243;n de los env&#237;os humanitarios. 
&lt;p class="MsoNormal"&gt;Ra&#250;l, desconfiado, pregunt&#243; c&#243;mo era posible que nadiesupiera nada, ni se hubiera comentado en ning&#250;n peri&#243;dico, ni en la radio o latelevisi&#243;n. Abdul sonri&#243; con una tristeza infinita, pregunt&#225;ndole si hablabanlos peri&#243;dicos, la radio, la televisi&#243;n de lo que ocurr&#237;a en Somalia, o enEtiop&#237;a, o en Eritrea, o en Sierra Leona, o&#8230; tantos y tantos lugares de &#193;fricadonde la vida no vale nada, donde las guerras intestinas ya no se cotizan eneste occidente tan rico y despilfarrador que s&#243;lo se ocupa de los pobres cuandollegan en pateras mientras que en las portadas aparece a toda p&#225;gina lavictoria de tal o cual equipo de f&#250;tbol. Nadie sab&#237;a nada, y no sal&#237;a en laprensa porque a nadie le interesaba en realidad lo que all&#237; ocurr&#237;a. 
&lt;p class="MsoNormal"&gt;Javier hac&#237;a un buen rato que escuchaba en silencio, analizandola situaci&#243;n y las posibilidades de &#233;xito. La cuesti&#243;n de los secuestros deni&#241;as era algo que sol&#237;a impactar, y mucho, a la poblaci&#243;n espa&#241;ola, lo queasociado a la mala conciencia general que se tiene en Espa&#241;a por la cuesti&#243;ndel abandono del Sahara, podr&#237;a resultar fruct&#237;fero. Pero necesitaba madurarlom&#225;s y, sobre todo, hablar con Ra&#250;l. Adem&#225;s hab&#237;a que pensar como conseguirfondos para realizar el viaje, si es que al final se decid&#237;an, y tambi&#233;n en c&#243;moconvencer a Abdul que viajara con ellos, lo que quiz&#225; era la parte m&#225;scomplicada puesto que estaba de forma ilegal en Espa&#241;a. Pero la historiaparec&#237;a buena, s&#237; que lo parec&#237;a. Quiz&#225; era su gran oportunidad.
&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: center;" align="center"&gt;&lt;hr align="center" size="2" width="100%"&gt;&lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;Era 15 de julio cuando, gracias a las gestiones de una ONGencargada de trasladar ni&#241;os saharauis a Espa&#241;a para pasar las vacaciones confamilias espa&#241;olas, los tres amigos se embarcaron en el avi&#243;n de Aerol&#237;neasArgelinas con destino a Tindouf, en teor&#237;a acompa&#241;ando a los ni&#241;os queregresaban de las vacaciones. Todos con sus pasaportes en vigor, aunque el deAbdul era una falsificaci&#243;n. No les hab&#237;a costado convencerle de que lesacompa&#241;ara, sobre todo teniendo en cuenta que el viaje no le costar&#237;a nada,salvo el riesgo de que le intervinieran el pasaporte argelino falso y nopudiera regresar a Espa&#241;a. Los fondos para el viaje, el pasaporte falso, lossobornos, y las cosas que hab&#237;an comprado para la familia de Abdul y otras delcampo hab&#237;a llegado como venidos del cielo, porque cuando Ra&#250;l coment&#243; a supadre, un empresario con una posici&#243;n econ&#243;mica m&#225;s que aceptable, sus planesde viajar al campo de refugiados saharaui &#233;ste se ofreci&#243; a financi&#225;rselo, sinque Ra&#250;l tuviera muy claro el porqu&#233;. 
&lt;p class="MsoNormal"&gt;Cuando aterrizaron en el aeropuerto militar de Tindouf elcalor era absolutamente insoportable pese a ser de noche ya que la temperaturano bajaba de los 30&#186;, todav&#237;a soportable si se comparaba con las temperaturasdiurnas en torno a los 45&#186; y una humedad relativa pr&#225;cticamente inexistente. Lahamada es una meseta des&#233;rtica pedregosa, inh&#243;spita y pr&#225;cticamentedeshabitada. A unos cien kil&#243;metros de Tindouf est&#225; el campo de refugiados, alque llegaron en un autob&#250;s tan viejo que parec&#237;a ir a pararse cada vez quepasaba por encima de alguno de los miles de pedruscos que tapizaban el resecosuelo. Tras casi dos horas de viaje, el grupo lleg&#243; a Rabuni donde fueronacomodados en unas enormes tiendas de campa&#241;a en las que hab&#237;a otras personas. 
&lt;p class="MsoNormal"&gt;A la ma&#241;ana siguiente, los dos periodistas dirigidos porAbdul, que se mov&#237;a en ese ambiente como pez en el agua, consiguieron untodoterreno con el que se dirigieron a Smara. A trav&#233;s de caminos casiinexistentes, llenos de arena y piedra, llegaron finalmente al campo en el queviv&#237;a la familia de Abdul. Javier y Ra&#250;l jam&#225;s imaginaron semejante recepci&#243;n,tanta hospitalidad, tanta generosidad por parte de gentes que no ten&#237;an casinada, pero que lo poco que tuvieran estaban dispuestos a compartirlo. Ahoracomprend&#237;an la forma de ser de Abdul, su perenne sonrisa, su eterno buen humor,tan s&#243;lo velado ligeramente por un viso de tristeza en el fondo de su mirada.Les ofrecieron t&#233; con hierbabuena mientras recib&#237;an con alegr&#237;a yagradecimiento todos los regalos que les tra&#237;an: cuadernos, bol&#237;grafos,medicamentos, jab&#243;n, mecheros&#8230; Despu&#233;s, con la tranquilidad con la que se hacenlas cosas en los lugares donde el tiempo no tiene el mismo sentido que en lasgrandes ciudades, entraron en el interior de la jaima y se sentaron a contar alos forasteros que acompa&#241;aban a Abdul lo que sab&#237;an de las desapariciones. 
&lt;p class="MsoNormal"&gt;Hab&#237;an desaparecido cuatro ni&#241;as: una de doce a&#241;os, dos detrece, y otra de once. Las madres estaban desesperadas, con la desesperaci&#243;nserena de quien est&#225; acostumbrado a la desgracia, y desesperanzadas, como quienya no espera nada de la vida salvo la mera supervivencia. En los cuatro casos,las ni&#241;as hab&#237;an desaparecido por la noche cerca de los l&#237;mites del campo. Loscr&#237;os sol&#237;an aprovechas las temperaturas m&#225;s bajas de la noche para jugar, yellas esas noches no volvieron. Por supuesto, las madres denunciaron sudesaparici&#243;n a las autoridades de la wilaya y estaban a la espera de algunarespuesta que, sin embargo, sab&#237;an que seguramente no iban a recibir. Noinsistieron pues en el fondo tem&#237;an represalias, aunque no sab&#237;an muy bien dequien podr&#237;an venir ni por qu&#233; medios. As&#237;, se consum&#237;an en el m&#225;s absoluto delos mutismos, llorando en silencio el dolor de la p&#233;rdida mientras se ocupabande sus quehaceres cotidianos, de los trabajos asignados, de atender lasnecesidades de los dem&#225;s. 
&lt;p class="MsoNormal"&gt;Javier tomaba notas de todo lo que hablaban aunque tambi&#233;nten&#237;a la grabadora en marcha, mientras Ra&#250;l no dejaba descansar el disparadorde su c&#225;mara. El artefacto, una magn&#237;fica c&#225;mara digital de &#250;ltima generaci&#243;n,regalo de su padre, atra&#237;a la atenci&#243;n de los chiquillos que, descalzos y amedio vestir, se re&#237;an y jugaban en torno suyo imit&#225;ndole con unas piedras quehac&#237;an las veces de c&#225;mara. Abdul miraba a sus hermanas, que asustadas en unrinc&#243;n, hac&#237;a mucho que no se atrev&#237;an a alejarse de la jaima. 
&lt;p class="MsoNormal"&gt;Cuando terminaron de hablar con la familia, los tres j&#243;venessalieron de la tienda y se dirigieron a uno de los edificios de adobe en losque hab&#237;a una tradicional casa de t&#233;. All&#237;, sentados sobre una alfombra rojacon arabescos de colores, se dispusieron a dise&#241;ar un plan para ver que pod&#237;anaveriguar. En primer lugar, preguntar&#237;an a las autoridades del la wilaya yluego, dirigidos por Abdul, una vez que cayera la noche, recorrer&#237;an las afuerasdel campamento con el todoterreno. 
&lt;p class="MsoNormal"&gt;Como era de prever, la entrevista con el gobernador de lawilaya fue absolutamente cordial, hospitalaria, amable, e in&#250;til. No s&#243;lo nosab&#237;an nada nuevo, sino que adem&#225;s no dispon&#237;an de medios con los que poder investigaru ocuparse del asunto. Hab&#237;an trasladado a las autoridades argelinas elproblema y estaban -como no- a la espera de noticias. Cuando salieron&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;de la entrevista estaba anocheciendo, uno deesos maravillosos atardeceres del desierto en el que los tonos anaranjados sefunden con los violetas de unas nubes pr&#225;cticamente secas que se funden con lospicos de las jaimas, sobre un horizonte tan lejano que parec&#237;a que ciertamentemarcaba el fin del mundo.
&lt;p class="MsoNormal"&gt;Era ya noche cerrada cuando los tres se metieron en eltodoterreno y enfilaron, despacio, hacia las afueras del campamento. Estabamucho m&#225;s oscuro de lo que Javier y Ra&#250;l pod&#237;an imaginar, salvo por los lejanospuntos de luz de las jaimas, que desaparecieron tan pronto traspasaron unapeque&#241;a colina, para adentrarse en lo que parec&#237;a una boca de lobo. Llevaban unnavegador que les marcaba las coordenadas y decidieron rodear el campamento.Cuando llevaban aproximadamente cuarenta minutos de botes y saltos por lospedregosos suelos de la hamada vieron a lo lejos, en direcci&#243;n opuesta&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;al campamento, una luz. Pararon el coche y sebajaron. Dejaron a Abdul al cuidado del coche, a pesar de sus protestas, porque&#233;l era el que conduc&#237;a: conoc&#237;a mejor el terreno y le ser&#237;a m&#225;s f&#225;cil llegarhasta ellos en caso de dificultad. No hab&#237;a peligro ninguno porque s&#243;lo iban acuriosear y no pensaban acercarse m&#225;s de lo imprescindible para echar unvistazo. Aunque la temperatura hab&#237;a bajado, hac&#237;a mucho calor y el miedo leshizo sudar a&#250;n m&#225;s. El coraz&#243;n les lat&#237;a cada vez m&#225;s deprisa seg&#250;n avanzabanhacia el peque&#241;o campamento del que proven&#237;a la luz: tres tiendas en torno a uncamping gas, a medio fuego, seguramente para no gastar m&#225;s de lo necesario, alrdedordel cual se pod&#237;an contar hasta seis personas. Se echaron al suelo para poderobservar sin ser vistos. No hab&#237;a nada all&#237; que pareciera extra&#241;o a primeravista. Seg&#250;n se acercaban, pod&#237;an distinguir los rasgos de los hombres, todoshombres, no hab&#237;a ninguna mujer, del campamento. Hombres de tez oscura y rasgosafilados; de ojos profundos, oscuros y mirada fiera; de ese tipo de hombres quepodr&#237;an sacarle las tripas a su oponente sin pesta&#241;ear. Un escalofr&#237;o lesrecorri&#243; la espalda.
&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: center;" align="center"&gt;&lt;hr align="center" size="2" width="100%"&gt;&lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal"&gt;Abdul no ten&#237;a equipaje alguno que recoger. Todo lo llevabaen su mochila, incluida la c&#225;mara de Ra&#250;l con todas las fotos. Su pasaportefalso le hab&#237;a permitido regresar sin problema a Espa&#241;a, pero sab&#237;a que suestancia aqu&#237; ser&#237;a ya por poco tiempo. 
&lt;p class="MsoNormal"&gt;Cogi&#243; el metro en Barajas, y tras varios trasbordos, se baj&#243;en Suanzes, y de all&#237; se dirigi&#243; a la sede central de El Pa&#237;s, donde consigui&#243; quele recibiera un redactor novato al que entreg&#243; la c&#225;mara de Ra&#250;l cont&#225;ndole loque hab&#237;a ocurrido, en realidad, lo poco que &#233;l hab&#237;a visto desde lejos.Inmediatamente se arm&#243; un revuelo impresionante: apareci&#243; el redactor jefequien, tras movilizar a buena parte de su equipo, se puso en contacto con lapolic&#237;a, con el Ministerio de Asuntos Exteriores, y la embajada de Argelia. Ald&#237;a siguiente, la primera p&#225;gina de El Pa&#237;s hablar&#237;a de la desaparici&#243;n, en lasproximidades del campamento de refugiados de Tindouf, de dos periodistasespa&#241;oles y quiz&#225;, de refil&#243;n, tambi&#233;n de la de las cuatro ni&#241;as saharauis cuyahistoria hab&#237;an ido a investigar. 
&lt;p class="MsoNormal"&gt;Abdul fue conducido a las dependencias de la Guardia Civil,y sentado en un banco esperaba su orden de deportaci&#243;n por inmigraci&#243;n ilegalmientras derramaba las primeras l&#225;grimas por los amigos desaparecidos.
&lt;p class="MsoNormal"&gt;Como las de su pueblo, eran l&#225;grimas secas, sin esperanza,sin otra expectativa que la muerte.
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