09 Jun 2008

Vine, vivere, veci

Escrito por: Juan Carlos Ortega Prado el 09 Jun 2008 - URL Permanente

Comienzo con una obviedad: hay mucha mierda en el mundo. Está Bush y sus matanzas, la normalización del deshonor, el sinsentido del hambre, la mezquindad de los explotadores, la devaluación de la risa y la indiferencia hacia la valentía, por citar algunas simas a las que los bípedos implumes nos hemos permitido descender.

Pero sobre esa acritud se yergue el Ser Humano. El de “carne y hueso, el hermano, el verdadero hermano”, que definía Miguel de Unamuno.

Bertrand Rosenthal, director de la agencia informativa AFP en Latinoamérica y corresponsal de guerra por lustros, asegura que pese a haber visto tanta muerte e infamia, una única certeza le quedaba: “La vida siempre termina ganando. Siempre”.

Y en el caso del homo sapiens (o ludens, ridens, oeconomicus o como se desee) el impulso de ser, de perseverar en ser —para decirlo con Spinoza— no es sólo instinto biológico de supervivencia, también es instinto cultural: que persevere la existencia y la dignidad de la existencia; es decir, las realizaciones que nos hacen puramente humanos: el sentido del humor, la inteligencia industriosa, la abstracción filosófica, el arte.

Justamente la semana pasada tuvimos dos fiestas que celebraban el aspecto más luminoso de nuestra especie, el asentimiento definitivo a nuestra esencia complejísima: la primera fue el Día Mundial del Libro (23 de abril); la segunda, el Día Internacional de la Danza (cuatro días después).

En este planeta pragmático, que nos insinúa el doble engaño de creer que la cultura humanista es o un lujo postergable o un ideal ya debidamente acotado, la elegante fuerza del intelecto y de la creatividad responde mostrando el inextinguible abanico de las potencias humanas y la irrenunciable rebeldía ante el conformismo de nuestra especie.

Al discurso dominante, que nos miente ofertándonos las delicias del impulso gregario, el libro y el baile (metáforas de la razón y el arte) contraponen el valor de la originalidad y la audacia, que no son otra cosa que el recordatorio de que hemos optado (y estamos obligados) a la búsqueda incesante de más mundo y verdad, a la aventura, con todos los peligros que conlleva. Tiempo ha comimos la manzana del conocimiento, y felizmente estamos condenados a la exploración y el placer.

No huelga recordarlo aquí: la exploración y el placer están vedados a los dioses. Ellos ya lo saben todo. Y perduran en el absoluto, ajenos a la necesidad de sentir. También por eso festejo estos días: me muestran que el humano es algo más que divino: puede gozar y dolerse —conflictuarse—; e, incluso, puede renunciar a los dogmas. Aleluya. Los salvadores lo tienen todo dado, los pobres.

Que Brahma dance en su séptimo cielo con sus cuatro brazos, yo me quedo con el dulce talle tibio de la bailarina. Que los acomodaticios escuchen la convocatoria a la castración intelectual, la especie no lo hará (ni tú ni yo, ni el ethos del ser humano).

¿Cómo descreer de la humanidad, cuando la belleza evanescente de los muslos de la que danza —concreción fugaz de nuestro milenario acecho de la armonía— re-crea el universo? ¿Cómo desconfiar de lo que podemos llegar a ser, si cada 23 de abril miles de personas se siguen reuniendo a regalarse un libro y una rosa y a abrazarse y a reír?

Cómo concluir este texto, que no sea afiliándome a una verdad ganada a fuego y sudor: La vida siempre gana. Siempre.

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Carta abierta a un emo golpeado

Escrito por: Juan Carlos Ortega Prado el 09 Jun 2008 - URL Permanente

Son famosos. Tristemente famosos. Los emos (adolescentes adictos a la melancolía y con una estética oscura y andrógina) han saltado a la popularidad porque se ha “puesto de moda” golpearlos. Querétaro, Pachuca, el Distrito Federal y Morelia son algunos de lo sitios donde han sido agredidos por —leo en diversos periódicos— jóvenes punks, darks y metaleros, entre otros. Y me enoja muchísimo que les hagan eso, porque la intolerancia entre muchachos es, creo, uno de los peores dolores que una sociedad puede enfrentar. Ahora me entero que han convocado por internet a que los golpeen en Morelia (refugio del humanismo en tantos momentos de nuestra historia latinoamericana). Ojalá que no lo hagan.

Según me informan amigos punketos, lo que les irrita de los emos es que, pese a que surgieron de un movimiento musical con una propuesta más o menos definida, ahora son sólo “facetos”, es decir, “faroles”, o sea, “fantoches”. Ok. Que sólo son una pantalla sin ningún ideal o identidad, resumió algún colaborador de Wikipedia. Lo preocupante, entonces, es que los agresores se asuman con el derecho de “reeducar” emos a patadas (¿remember los gulags soviéticos?). Cual policías de la profundidad ideológica me recuerdan a George W. Bush, genocida que se siente policía mundial de las democráticas intenciones.

Ese argumento es hipócrita. La anarquía —corriente que en teoría defienden los punks— fomenta el gobierno de uno mismo, el autocontrol, en último caso. Y Bakunin no requería alcoholizarse ni reunirse en manada para refutar a sus adversarios (tal como han hecho los agresores de los emos).

Yo no me siento, ni de lejos, cercano a las posiciones de uno u otro bando. Rechazo de tajo que alguien canonice la depresión como filtro para descifrar la vida. No simpatizo con la idea de vestirse como mujer y hombre al mismo tiempo. Me purga que cualquiera crea que la anorexia o el suicidio juvenil son opciones. Y honestamente detesto este individualismo bruto, fanático, que algunas “tribus urbanas” pregonan: los emos, escudados tras el discurso de “respeta la intensidad de mis sentimientos”, y los punks, con su “no te metas con mi derecho a la autodeterminación”. Pero soy conciente de que todos tenemos el derecho a ser como nos dé la real gana, mientras no explotemos a nadie y no seamos unos parásitos sociales. Si este tipo de golpizas, de suyo, algo rompen del pacto social, el hecho de que provengan de alguien que igualmente exige respeto a sus manifestaciones (bullying, se llama el fenómeno en inglés) es una oda a la simulación. A la fantochería.

Salvador Allende (ex presidente chileno socialista, defenestrado por Pinochet) dijo que ser joven y no ser revolucionario es una contradicción, incluso biológica. Pero la natural rebeldía adolescente puede ser encauzada de muchos modos. O extirpada. La pregunta, entonces, es ¿qué sociedades estamos creando que no “modelan” jóvenes revolucionarios (es decir, que han logrado torcer el desarrollo normal de un adolescente), sino muchachos timoratos, golpeadores, intolerantes, doblegados desde los 12 o 14 años? ¿Qué responsabilidad tienen padres y maestros en este juego perverso de olvidar el valor del carácter?

El error está, me parece, en que los papás sí aprendieron de sus progenitores a sobreponerse a la adversidad: sobrevivieron tres crisis, la guerra sucia, al PRI, a la Televisa del Tigre, a las nacionalizaciones, privatizaciones y rescates. Pero los padres de la generación emo no han sabido enseñar cómo sobreponerse a los tiempos buenos. Que son éstos. ¿O que les ha faltado a sus hijos? Tienen educación, casa y salud asegurados. La mayoría no había nacido cuando el levantamiento del EZLN, el error de diciembre, los homicidios de Posadas, Colosio y Massieu. Pero están deprimidos. Los muchachos, que no son tontos, saben que es tiempo de vacas gordas, pero conveniente lo olvidan.

Ojalá que en algún momento metan las manos. Para quitarse los golpes de sus agresores (y acomodarles unos cuantos). Contra la comodidad de dejarse humillar. Contra los que se benefician al mantenerlos deprimidos (aunque papi y mami estén entre ellos). Contra la dejadez. Contra su indolencia.

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El artículo más racista de 2007

Escrito por: Juan Carlos Ortega Prado el 09 Jun 2008 - URL Permanente

Hay pobrezas multiplicadas. Por ejemplo, aquellos que no tienen dinero y no tienen educación están en doble desventaja. O, aún peor, quienes en la miseria económica y cultural deben afrontar el aislamiento. Alguna vez, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional dijo que las mujeres indígenas son cuatro veces pobres: por vivir en la miseria, por el sexismo, por el racismo y por la falta de oportunidades (amén de vivir en una zona en guerra). Basta ver los datos oficiales para, aunque no se crea en el EZLN, aceptar que en esto tiene razón.

Se me ocurre un caso en el que estas circunstancias pueden ser todavía más crueles: que alguien poderoso justifique las actitudes y acciones que llevan a que otros seres humanos padezcan estas penurias.

Es lo que hizo el periódico La Nación, de Paraguay, con un editorial que hace algunos días fue “premiado” por la organización Survival como “el más racista de 2007” (www.survival.es/noticias/3155).

No tiene pierde, el artículo referido se llama “La toldería de la plaza Uruguaya” y apareció impreso el 13 de septiembre del año pasado (www.lanacion.com.py/noticias.php?not=168360). Se infiere —porque el texto no tiene la amabilidad de explicarlo— que un grupo de indígenas está viviendo en una plaza muy bella de Asunción, la capital paraguaya. No se dice por qué, pero se acusa sin pruebas a organismos no gubernamentales (sin identificar) de impulsar la movilización.

Entre las perlas del texto se puede leer que “los indígenas tienen que avenirse a vivir como gente, o mandarse a mudar al monte”. Unas líneas después se insiste: “Los indígenas tienen que civilizarse, convertirse en paraguayos, terminar con esa estupidez de preservar una cultura retrasada y marchita y vivir como gente pagando sus impuestos”. Claro, porque “no hay alternativas y los paraguayos no tenemos por qué pagar impuestos para mantener una civilización caduca, que fue incapaz de mantenerse a sí misma”.

Uno lee las mil trescientas treinta y tres palabras lamentando que los editoriales no vayan firmados (al final de éste sólo reza “ODD”), para identificar al autor de tanta irresponsabilidad, de tanto odio. Y de tanta hipocresía, que “olvida” las razones históricas de la pobreza y la marginación; de tanta ignorancia, que escupe a la diversidad cultural de Paraguay; de tanta indigencia discursiva.

Por esto, el responsable es el diario. Los dueños y los periodistas. Un editorial refleja la opinión institucional de un medio. Y ese texto lo leyeron, por lo menos, el redactor, un editor y un corrector. Nadie frenó la infamia.

Un caso superlativo de soberbia periodística. Olvidaron que la información es un bien público (de todos) que la sociedad le permite administrar a un particular. Y peor, porque al día siguiente de asignado el “premio” de Survival, en el mismo espacio (http://www.lanacion.com.py/sec.php?sec=11) se asentó que “una ONG, de las que viven de la contribución de los tontos europeos, simulando tratar de favorecer a los indígenas, me ha tildado como “racista” porque me opongo, con todas mis fuerzas a la invasión de tribus indígenas al centro de Asunción. Atentan contra mi derecho de opinar”. No señor, ellos no han “atentado” contra nadie. Usted sí, desde su posición de poder como líder de opinión. Que el discurso sustenta la ideología y la ideología se evidencia en acciones (que en este caso podrían terminar siendo violentas —discriminatorias) es algo que un comunicador no puede olvidar.

Intenté conocer de primera mano la opinión de los directivos del diario, pero nadie estaba disponible. El jefe de Redacción sólo me dijo que el editorialista se llama Alberto Vargas Peña. Y que “nadie” en el diario tenía su teléfono.

En toda Latinoamérica hay protestas sociales con las que podemos o no simpatizar. Pero no hay que confundir el problema con el modo de denunciarlo. A riesgo de crear uno nuevo.

Los periodistas que multiplicaron la pobreza de los indígenas paraguayos al denostarlos, también demostraron su miseria. Miseria moral, se entiende.

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Los hombres riquísimos

Escrito por: Juan Carlos Ortega Prado el 09 Jun 2008 - URL Permanente

A principios del mes pasado cumplí un año en mi trabajo. Gran mérito, he de decir, porque sobreviví a un recorte de personal, a la asechanza de una economía estadunidense en recesión, a dos cracks bursátiles, a la crisis inmobiliaria subprime, a las presiones de una nación depauperada y a un mercado laboral mexicano mezquino y harto limitado. Una sola cosa opaca mi alegría: no estoy en la lista de los hombres más ricos del planeta, que a inicios de marzo, coincidentemente, publicó la revista Forbes.

Me gustaría creer que por el enorme esfuerzo que invertí las últimas 52 semanas debería estar en ese escalafón, pero parece que el mundo no funciona así. Parece que no basta trabajar duro para volverse millonario. Mmm.

Pero no dejaré que estas pequeñeces del sistema me desanimen. Arriba corazones. Con mi mejor actitud capitalista intentaré el pragmatismo rabioso. Leo en la revista de economía que Carlos Slim (¡Vivan los millonarios que nos dieron patria!: Este empresario mexicano es el segundo hombre con más dinero del orbe) tiene una fortuna de 60 mil millones de dólares. Sólo en 2008 obtuvo 11 mil millones. Hago cuentas y me entero de que esto significa que ganó 30.1 millones cada día, o lo que es lo mismo, 1.25 millones cada hora, o lo que es lo mismo, 20 mil dólares por minuto… Lo mismo que gana un peruano, un guatemalteco o un salvadoreño en todo el año, este descendiente de libaneses lo suma en 60 segundos (cada segundo, por cierto, consigue 333 dólares —el salario mínimo mensual de dos personas en México).

Y la dinámica de su fortuna, si las clases de física de la preparatoria no me fallan, se corresponde con el movimiento uniformemente acelerado. Pero más. Sus caudales crecen a un ritmo que haría enloquecer a Robert Malthus. En 2004, las 21 personas más ricas de Latinoamérica (don Carlitos ya las encabezaba) tenían fortunas que, sumadas, daban 45 mil millones de dólares. Pero Slim, cual Jesucristo neoliberal, logró multiplicar los pesos y los dólares. En cinco años —leo en el periódico La Jornada— sus haberes crecieron 710%.

La fortuna del dueño de Telmex, Telcel e Inbursa, entre otras empresas, es 6.4% de todo el dinero que México obtiene al año (Producto Interno Bruto, PIB). Y no se piense que su patria tiene poco dinero, para nada, que México es mucho más rico de lo que nos han hecho pensar (¡más buenas noticias?). Es el duodécimo país con mayor PIB del mundo. Más que Suiza. Más que Australia, Más que Arabia Saudita. Y de hecho, lo que Slim posee es equivalente a todo el PIB de Paraguay y Honduras. Sumado, claro.

Eso de que un solo ser humano tenga más dinero que varios países no deja de ser... llamativo, digamos, por no decir indignante. No sólo porque un solo hombre tenga la vergüenza de acaparar tal cantidad de bienes; también por los gobiernos, que son incapaces de generar y repartir mejor la riqueza (no sólo tenemos más dinero que Bélgica y Holanda, también tenemos 70 millones más de pobres) y por la superestructura económica —paradójica, de punto a punto— que premia y fomenta estas obscenas fortunas y luego se escandaliza por los impúdicos monopolios y racimos de corruptelas que ha sembrado. Esta podredumbre, me dicen, es signo de salud del capitalismo.

Y todos tan contentos con esta sinfonía de iniquidades. Por lo menos las mil 125 personas que tienen más de mil millones de dólares en sus cuentas bancarias. Cosa curiosa, son 179 más que el año pasado (nunca en la historia se habían registrado más de mil personas con fortunas de tal envergadura) ¿No se suponía que la macroeconomía mundial flaqueaba, que las crisis menudeaban, que la desaceleración nos acechaba? Una de tres: o eso que nos dicen es mentira, o sólo nos afectará a los regidos por la minieconomía, o los culpables de este caos financiero actual son los dueños del mundo. Nuestros brillantes megamillonarios. Los hijos bienamados de nuestra humanidad.

En la página web del magnate (www.carlosslim.com) leo que a la pregunta “¿cómo se siente ser el hombre más rico del mundo en un país de 50 millones de pobres?” responde “al morir no me voy a llevar nada, el crear riqueza y procurar distribuir su ingreso sí se quedará aquí”. Para ello, entre otras cosas, ha creado una fundación con un capital de cuatro mil millones de dólares. Qué bien. Sólo que la filantropía no resuelve la pobreza, sino que justifica y sostiene el sistema de explotación. Lo que en último caso permite que los millonarios sigan teniendo el ambiente para acumular más dinero. A costa de los beneficiarios de su filantropía.

El industrial colombiano Julio Mario Santo Domingo (otro chico Forbes) explica esto así: “La riqueza nunca ha sido distribuida en ningún país del mundo, porque si así fuera no existirían países ricos o pobres… Ese cuento de que la riqueza puede ser distribuida equitativamente es sólo una ficción sin ninguna base. O sea, una utopía, palabra inventada por los poetas”. Poetas entonces serán los 250 millones de latinoamericanos que viven en la pobreza. Y cuando trabajan por la utopía los llaman terroristas.

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La virgen con mucha hambre

Escrito por: Juan Carlos Ortega Prado el 09 Jun 2008 - URL Permanente

Mi relación con la vida de los santos es de vieja data. Y ha sido divertidísima.

No recuerdo si fue porque la chica de la banca de atrás me gustaba (estaba en primero de secundaria) o sólo fui impelido, por un éxtasis caritativo, a responder sus ruegos: “…pásame la pregunta cuatro…”

La susodicha interrogante del examen de religión cuestionaba sobre la “ciencia” que se dedica a investigar la vida de beatos y santificados. “Es la hagiografía”, compasivo y misericordioso le respondí. Podría haberle dicho que la palabrita venía del griego ‘fagios’, santo, y ‘grafos’, estudio o tratado, pero bueno, en ese entonces no lo sabía. Agradeciómelo profusamente, sin embargo, mi sorpresa fue mayúscula cuando, días después y prueba corregida en mano, me recriminó mi estulticia en los eclesiales saberes. “¡Mira, estabas mal”, me espetó, iracunda, y me mostró su evaluación: “La ciencia que estudia la vida de los santos es la geografía”, asentaba mi amada, con pasmosa y reprobada asertividad.

Yo siempre he sostenido que al final me dijo que no por mis carcajadas, pero sus amigas dicen que fue por feo. Bueno, como sea, me divertí mucho.

La cosa es que hoy me he acordado de esos felices tiempos porque he leído un libro maravilloso, hagiográfico (Vidas de Santos, Antología del Flos Sanctorum. Océano, 2000) Son relatos del siglo XVII y espero que diosito no sea tan rencoroso como mi muchacha de los ojos tristes. Es que me reí cual enano. Sin más preámbulo, les dejo con un fragmento de la vida de santa Lutgardis (de verísimas, así se llamó). Disfruten ustedes:

“Levantose en su tiempo, en Francia, aquella tempestad tan horrible de los herejes albigenses (si, terribles depravados que predicaban —y vivían— la pobreza, que rechazaban mantener a la jerarquía católica, daban los mismos derechos a hombres y mujeres y fueron santamente masacrados en sucesivas cruzadas —bueno, la iglesia dice que fue la Virgen María la que los acabó). Apareciósele nuestra Señora una vez con el rostro triste y lloroso y, preguntada la causa de aquella tristeza, respondió que porque los herejes y malos cristianos escupían y crucificaban otra vez a su benditísimo hijo Jesucristo (¡matemos al infiel maldito!), y le mandó que estuviese en continua penitencia (aún no nacía el clásico que tendría a bien decir ¿y yo por qué?) y llanto y ayunase siete años (¡siete años!) por los pecados del mundo, para que su hijo no le asolase (y luego dicen que dios es amor), que estaba muy airado contra él (o sea, aguanta que los ‘malos cristianos’ le escupan y nos les hace nada, pero sí anda pensando en matarnos a todos, nah). Y ella ayunó los siete años continuos (tiempos en que la dieta, ya se ve, estaba bien considerada, que actualmente de anoréxica no la habrían bajado), no comiendo sino un poco de pan y bebiendo un poco de cerveza (¡éjele, ya sabía yo que había truco! [yo también quiero un régimen de esos]); y aunque algunos superiores suyos la mandaron algunas veces comer más y le hicieron fuerza (a ver, sor Lutgardis, ¿esta cucharadita o manita de puerco?), y ella, por la obediencia, quería comer (¿obediencia?, una anemia marca llorarás, qué…), nunca pudo tragar, de otro manjar, la cantidad de una sola haba (Entonces, me pregunto, dónde está el mérito de su ayuno, si no lo decide ella. Comparado con estas torturas divinas, Guantánamo es Jauja). Pasados estos siete años de ayuno riguroso (¿sobrevivió?, ¡he aquí el milagro!), le fue mandado, por revelación divina, que tomase otro ayuno por todos los pecadores (¡Nooooo!, ¿pero qué les hizo?), y ella lo hizo con gran voluntad, y ayunó otros siete años por todos los pecadores…”

Reir o llorar. Viva la geografía.

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Silenciad al prójimo

Escrito por: Juan Carlos Ortega Prado el 09 Jun 2008 - URL Permanente

Hoy desperté enamorado de la poesía mística y maldiciendo a cuanto ser pulule sobre la faz de la tierra. Y es que sucede que la hora en que llegué a la vigilia se prestaba para ultraterrenos pensamientos: eran las 4 de la madrugada. O sea, entre Laudes y Prima, horas harto santas, como cualquiera sabe, porque durante el sueño nadie peca.

Pero me despertaron, y pequé.

Lo que pasa es que el muchas-veces-heroico gobierno de mi actual ciudad (El Distrito Federal) ha decidido remozar las calles del centro histórico —donde vivo—, y consideró que de 12 de la noche a las 9 de la mañana es una hora pertinente para inocularnos la melodía de sus retroexcavadoras, camiones, bombas y perforadoras.

A esta —ya de suyo— imponente sinfonía hay que sumarle los arreglos que con sus radios y música norteña hacen los albañiles que tan respetables obras erigen.

Y yo, que me caracterizo por mi franciscana paciencia, he tenido a bien soportar tales crímenes sonoros durante el esquizofrénico lapso de tres meses. No quería quejarme, de veras, ya ven que uno es bien machín, pero hay cosas que —como diría un clásico—óigame no. Yo sé que remozar las céntricas y hermosas vías redunda en beneficio de la comunidad, pero no me jodan. Me enojo porque durante el día no hacen nada (cuando todo el mundo está despierto y las calles están igual de cerradas), porque lo del radio es el colmo de la desconsideración y porque, para acabarla de fastidiar, mi compañero de cuarto ronca como búfalo agónico.

Es decir, no sólo tiene el sueño más pesado que yo, sino que coadyuva con el perverso sino que parece querer convertirme en insomne crónico.

Sea como sea, la cuestión es que el DF, y las ciudades en general, son demasiado ruidosas. Y está mal que pretendamos acostumbrarnos a ello. Vivir en comunidad es buscar la protección y aceptar la necesidad de los otros, y sucumbir ante la contaminación auditiva es empezar a perder el ánimo en nuestro logos social. Yo ya le envié una queja al señor jefe de gobierno Marcelo Ebrard. Y lo invité a una pijamada en mi casa, para que sienta lo que se siente.

Cuando vivía en Morelia (“No hay mayor dolor que recordar los tiempos felices en el infortunio”, suscribo —y suspiro— con Dante) habitaba una linda casita del centro histórico que más bien parecía búnker, y bien podían arrancarse, justo afuera, los mariachis del Apocalipsis y no ni cuenta me habría dado.

Pero heme aquí, penando por algo que nos afecta a gran parte de la población del continente (77%, por lo menos, si le creemos a los datos de la ONU) y recordando que, a la vista de la solidaridad, cualquier necesidad civil debe ser secundada por todos, nos afecte o no directamente.

Es que, caray, es cosa de todo el día: los vendedores ambulantes y establecidos (vaya aquí mi repudio a la enfermiza escandalera de las botargas del Doctor Simi) y su creencia en la omnipotencia mercadotécnica de la música a volúmenes obscenos, los vecinos y su retumbante fe en el todopoderoso reggaetón (no tengo nada contra el ritmo, pero he comprobado que sigue siendo cachondo a niveles moderados), la publicidad, la televisión, el grito, el aislamiento. Y el rey: el sucio claxon, el que en mala hora nació.

Yo de plano me afilio a la propuesta que Jorge Ibargüengoitia hizo unos años ha: si tanto es nuestro deseo de fastidiar al prójimo, en vez de claxon adosemos una metralleta Browning al techo de nuestras carcachas, con lo que ira y prójimo volarán al unísono.

Por eso al principio les decía que hoy, al despertarme y después de recordar las casas dinásticas del sr. Ebrard, del sr. Delegado y de mi (en la vigilia tan apreciado) roomate, me sentí enamorado de la poesía mística. Esa que en voz de fray Luis de León supo decir: “¡Qué descansada vida / la del que huye del mundanal ruïdo, / y sigue la escondida / senda, por donde han ido / los pocos sabios que en el mundo han sido”.

Es que yo con gusto impondría, como requisito para obtener la credencial para votar, para hacerse ciudadano, un razonable voto de silencio.

En esta época, el alma de Juan de la Cruz ya no podría cantar: “En una noche oscura / con ansias en amores inflamada / ¡oh dichosa ventura! / salí sin ser notada / estando ya mi casa sosegada”, porque, claro, ya cuál sosiego.

Y Francisco de Aldana ya no podría “torcer de la común carrera / que sigue el vulgo y caminar derecho / jornada de mi patria verdadera; // entrarme en el secreto de mi pecho /
y platicar en él mi interior hombre, / dó va, dó está, si vive, o qué se ha hecho”. Es que la conciencia tiene la voz baja.

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La fiesta del libro

Escrito por: Juan Carlos Ortega Prado el 09 Jun 2008 - URL Permanente

Hoy la cerraron. Y quedé con la sensación que deja una fiesta que termina a deshoras. Cansancio, y una interior sonrisa solar.

Es la primera feria del libro que disfruto en el Distrito Federal. Claro, la tenía a cinco cuadras de mi casa (fue en el zócalo), y ahora me siento, un poco más, parte de la ciudad que me ha recibido siempre, que siempre se me ha hecho nerviosa, encendida e insoportable y que empieza a tener (bueno, ya las tenía desde antes, pero hasta ahora son mías) a algunas de las personas más entrañables que he conocido.

Mi amigo Hazim dice que la Ciudad de México es una puta de quien te terminas enamorando. Y yo digo que cómo no la voy a querer después de haber visto su desaforada vocación de superviviente, sus bailes histéricos, sus innumerables noctambulismos, su miseria.

Pero alguna fijación debo tener con las ferias del libro, que recuerdo dulcemente a todas las ciudades donde he disfrutado alguna.

Será el asentimiento de la vocación humanista que se permiten, en tiempos de cobardías y brutalidades cotidianas.

Guadalajara, con la inmensidad de la FIL, es la casa de un rico que gusta de las ostentaciones; algo así como Alejandría con 15 por ciento de descuento. Y es mucha música en la noche, y las bolsas que uno no sabe dónde dejar —el cansancio, la imperativa paciencia franciscana frente el bullicio de urbe revolucionada— y la esperanza de que las ciudades más conservadoras también se afilien al espíritu del libro, metáfora de cultura.

Y claro, recuerdo a Uruapan, noble y brava, de donde son algunos de mis mejores amigos (imagínense con esto qué opinión me inspira). En la sencillez de su plaza central es capaz de concentrar la vida de toda una comunidad en torno de la palabra. Tiene algo de romería y, ante todo, la certeza de sociedad que se asume joven, que se deja sorprender.

Y La Habana… frente a las ediciones de lujo de Guadalajara y su fasto, las letras, acá, son las únicas protagonistas. La fortaleza de La Cabaña, revestida de papalotes. Los libros baratísimos, increíblemente económicos (tres, cuatro pesos mexicanos). Entre las mujeres hermosas (bueno, eso también lo tiene Jalisco), el monumento arquitectónico, la panorámica de la ciudad y los libros, uno aprende a tener 18 ojos. Qué quieren que les diga. Es una fiesta que se prolonga hasta la noche, enfrente del mar. El fin de la jornada llega con el cañonazo de las 9 (Y hay que ir en pareja, que las ganas de besar se vuelven imperativas).

Y Morelia, mi ciudad también patrimonio cultural de la humanidad (suspiro). Mi editora me recuerda que hay dos ferias principales. Una universitaria y una de libros especializados. Y me acuerdo, además, de una que hace años organizamos en la Escuela de Lengua y Literaturas Hispánicas de la Universidad Michoacana. Entre ocho organizamos toda la pachanga. Convencer a editoriales, conseguir subsidios, descuentos, logística, obras de teatro, exposición de cine. Cansadísimo. Intenso, Azul, rojo, amarillo, arcoiris. Fue como tener un hijo. O como sentirse libro de aventuras. Emocionarse con la cultura.

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Periodistas impúdicos

Escrito por: Juan Carlos Ortega Prado el 09 Jun 2008 - URL Permanente

Bichos peligrosos somos los periodistas. Como cualquier ente con poder se nos debería poder analizar y criticar con todos los medios posibles, dura, ácidamente. Pero en algún momento los comunicadores hemos creído que ostentamos el monopolio de la información (una de las parcelas del “monopolio del poder”, que —eso sí y correctamente— tanto le criticamos al presidente Felipe Calderón). Y lo peor, hemos convencido, o por lo menos insertado a nuestra inercia convenenciera, a gran parte de la sociedad.

Leo, por ejemplo, un indignado encabezamiento en el diario El Universal, de México. Dice así: “Desaira a la prensa”, referido al cineasta mexicano Alejandro González Iñárritu, quien pidió a los reporteros abandonar una sala donde daría una charla “privada” con jóvenes realizadores.

En la nota se explica que los organizadores inicialmente habían anunciado que sí se permitiría el acceso de periodistas a la reunión, pero al final, ya se ve, Iñárritu cambió de parecer (o lo sostuvo, si es que los organizadores del V Festival de Cine de Morelia [FICM] decidieron abrir la sesión sin su consentimiento —lo que nada sorprendería, porque dicha fiesta fílmica ha adolecido de una logística muy por debajo de sus pretensiones).

Esa es, pues, la situación. Es decir, no hay nota que relatar, y punto. El aludido decidió darle dimensión privada a algo que se esperaba público. Está en su derecho, ni modo. Triste cosa para los reporteros que hasta allá se desplazaron, pero, caray, publicar una nota sobre su despecho es un abuso.

Y es que sucede que el periodismo existe para escrutar la realidad, no para buscar protagonizarla. Un reportero debe husmear y luchar perrunamente por la noticia, no pretender que se la den en bandeja. Y, menos, ofenderse si no es así. Por eso pregunto yo, ¿entre las maravillas y problemas del FICM, ése valía la pena?

Y es costumbre generalizada. Los reporteros diva se multiplican, y cualquier empujón, cualquier insulto, es motivo para rasgarse las vestiduras y acusar a quien se deje de atentar contra la libertad de expresión. Señores reporteros: hemos escogido una profesión peligrosa (sucede que el mundo es violento y nosotros nos hemos comprometido —y nos pagan por ello— a relatar sus tensiones) y si el lloro sobreviene cuando alguien manotea una cámara se devalúa la justa indignación que debe surgir cuando se asesina a un periodista o cuando sistemáticamente un gobierno impide el escrutinio de sus labores. Abaratamos la rebeldía y la indignación, pues.

Estas usanzas se pueden volver hábito, y si tal ocurre, los periodistas, pero sobre todo los lectores, veremos como cosa común renunciar al matiz, y avalaremos el surgimiento del reportero-maniqueísta del ego. Aprenderemos a creer que cualquier crítica a los medios es sospechosa, de inicio, y no suele ser así.

En México, ya bastante tiene el amable lector con intentar dilucidar qué de lo que publica o emite un medio persigue el bien común y qué busca proteger los intereses extraperiodísticos de los dueños, para que aún pretendamos engañarlo diciéndole que una mentada de madre o un desplante son muy importantes.

Por eso, como pediría el periodista checo Julius Fucik antes de ser asesinado por la Gestapo, hago un llamado a quienes esto lean: ¡Estad alerta! (ante los medios y nuestras ocasionales impudicias).

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La poesía y el Che Guevara

Escrito por: Juan Carlos Ortega Prado el 09 Jun 2008 - URL Permanente

La poesía y la revolución son un par de prodigios, que es exactamente lo contrario a un par de milagros. Me explico: éstos últimos son de caprichosa creación divina; los primeros, de trabajosa y agotadora manufactura humana.

El efecto que sentimos ante unos u otros es similar, de inicio: una fría y muda luz nos anega el alma. Pero ya pensándolo un poco ponemos las cosas en su lugar; es mucho más valioso que desde nuestra finitud seamos capaces de elevarnos a niveles cósmicos que —suponiendo sin conceder que tales cosas existan— presenciar un acto mínimo (y por lo tanto mezquino) de un ser todopoderoso.

Uno va por la vida, pues, y se topa con unos versos de Elliot o Auden y el mundo se revela inconmensurable. O, de pronto, luminosamente, se descubren ciertas epopeyas que han apostado todo por la dignidad, el decoro, el ser humano, y uno se entera que está llamado a avivarlas, a hacerse parte de ellas.

Pero puede ser que, un buen día, uno se encuentre ante la vida y obra de Ernesto Guevara de la Serna y, entonces, resulte claro que uno se ha topado con la revolución, la épica y la poesía a un tiempo.

“Único héroe a la altura del arte”

Actualmente hay pocas oportunidades de emplear, honradamente, la “épica sordina” que decía Ramón López Velarde (“joven abuelo, escúchame loarte”), y hablar del Che es una de ellas. No es retórica. Su existencia cumple a cabalidad con el prototipo del héroe; luchó por su integridad y en la búsqueda de la congruencia le fue la vida. Fernando Savater, en su libro El contenido de la felicidad, lo explica mejor: “El héroe no es una anécdota histórica ni la apoteosis glorificadora de algún hombre particularmente digno de aprecio, sino un ideal de conducta libre, la mejor perspectiva desde la que considerar la acción justificada”, y es que, puntualiza el filósofo español, “la ética pertenece al orden épico porque trata de la acción: su designio es proponer un sentido suficiente y totalizador a la acción humana. La acción es enfrentamiento y edificación, riesgo y mesura, búsqueda de la eficacia más vital y perdurable, es decir, trasunto de inmortalidad”.

Ya se ve entonces, qué huera es la exaltación de Guevara mediante la multiplicación de fotos suyas, la memorización de algunas consignas o el coleccionismo de playeras con su efigie o tatuajes (“Lo han transformado en pieza de consumo / en memoria trivial / en ayer sin retorno / en rabia embalsamada”, sintetiza Benedetti). Y más que vacua alabanza, es riesgo de deshumanización. Banalizar así esa vida es renunciar un poquito a lo que de héroes aspiramos: “Y cómo hablar del Che sin erigirlo en mártir / y cómo liberarlo de lo épico / para salvarlo y hacerlo ciudadano de barrio a barrio / de orilla y pueblerío”, canta José Alanís, y ya presenta una disyuntiva falsa y lo mitifica sin querer: no hay contradicción entre el héroe y el ciudadano, porque éste —mediante una decisión moral— puede erigirse en aquél. No debe, en todo caso, disminuirse al prócer, sino elevarse quien aún no lo es. Más atinadamente se expresa Vicente Feliú: “Y se abre tu memoria a todo aquel que renace, / pero nunca falta alguien que te alce en un altar / y haga leyenda tu imagen formadora / y haga imposible el sueño de alcanzarte / y aprenda alguna de tus frases de memoria / para decir: ‘seré como él’, sin conocerte, / y lo pregone sin pudor, / sin sueño, sin amor, sin fe”. He ahí el quid de la cuestión —el amor— (“Déjeme decirle, a riesgo de parecer ridículo, que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor”, dijo Guevara) y el verdadero riesgo: endiosarlo, es decir, hacerlo inaccesible a cualquier esfuerzo (“Algún poeta dijo, y sería lo más justo, / desde hoy nuestro deber es defenderte / de ser Dios”, para volver a Feliú).

Véase, si no, la diferencia entre santificar a un hombre o catalogarlo entre los heroicos:

“El ideal del héroe es el de una voluntad a la vez esclarecida y triunfante, una voluntad que sabe, quiere y puede, una elección a la vez legítima y eficaz. (…) El héroe, en todas las tradiciones, es ante todo fuerte, y ser fuerte es ser intrépido y generoso, no retroceder ante lo que debe y puede ser hecho, no someterse a lo que le es extraño e injustamente hostil”, define Savater, y cada línea del escritor vasco la podemos relacionar con algún texto o algún momento de la vida del guerrillero.

Pero hay una génesis del adalid. Un universo de motivaciones y nutrientes intelectuales que lo permiten. La literatura, tan profusa al hablar de él, fue también una de las vías que fomentaron que Ernesto Guevara se convirtiera en El Che.

“Construir con palabras un puente indestructible”

Un cuaderno verde, que al parecer no había llamado mucho la atención durante 40 años, recientemente saltó a la fama, al ser publicado. Ahí, el guerrillero había trascrito poemas de cuatro escritores que le fueron entrañables: Pablo Neruda, César Vallejo, Nicolás Guillén y León Felipe.

Este último poeta, en 1965 y a sus 80 años, le escribió al Che una carta, según relata Mauricio Vicent en una nota de El País: “‘Mi querido amigo Che Guevara. Le escribo a Ud. ya muy viejo y muy torpón, pero le debo a Ud. un abrazo que no quiero irme sin dárselo (…) Le envío como recuerdo el autógrafo del último poema que escribí hace unos días. Salud y alegría’. León Felipe murió en 1968, un año después del asesinato del Che”.

Pero alcanzó a dedicarle un poema a su amigo recién acribillado: “El Gran Relincho”. “Los norteamericanos suelen decir: / León Felipe es un ‘Don Quijote’ / No tanto, gentlemen, no tanto. / Sostengo al héroe nada más… / No soy el héroe, / pero le llevo sobre el magro espinazo de mis huesos / y he aprendido a respirar como él...”.

Y no fue el único, tres de los cuatro poetas que acompañaron al Che en Bolivia, desde esa libreta, en el momento de su ejecución, le cantaron tras el homicidio.

Guillén: “Te vemos cada día ministro, / cada día soldado, cada día / gente llana y difícil / cada día. / Y puro como un niño / o como un hombre puro, / Che Comandante, / amigo.”

Y Neruda: “La selva amarga se tragó los movimientos, los caminos, y donde pasaron los pies de la milicia exterminada hoy las lianas aconsejaron una voz verde de raíces y el ciervo salvaje volvió al follaje sin estampidos.” Bien diferente al poema que de él Guevara había apuntado, “Farewell”: “Yo me voy. Estoy triste: pero siempre estoy triste. / Vengo desde tus brazos. No sé hacia dónde voy. / Desde tu corazón me dice adiós un niño. / Y yo le digo adiós.”

El hombre que devoraba a Lenin y a Engels afrontaba con igual pasión a Shakespeare y a Cervantes (“Otra vez siento bajo mis talones el costillar de Rocinante, vuelvo al camino con mi adarga al brazo”, escribe a su padres antes de partir a Bolivia). La furibunda actualidad de los diarios le hacía un espacio a Onetti y Pío Baroja; las teorías de Mao se relevaban con lecturas a Martí, Goytisolo y John Reed. “Voy a ser catedrático de El Capital a fuerza de releerlo (cada vez con más ganas, como el Quijote)”, le escribe a su esposa —Aleida March— en la última carta.

A ella también le escribe este poema: “Adiós, mi única, no tiembles ante el hambre de los lobos / ni en el frío estepario de la ausencia / del lado del corazón te llevo / y juntos seguiremos hasta que la ruta se esfume”.

Y, al igual que en las lecturas, a la hora de escribir, la vena lírica de Guevara se sucede con la política. El teórico del marxismo, implacable detractor del dogma y la praxis irreflexiva (“Esto parece escrito para niños o para estúpidos” — escribe sobre el capítulo Construcción de la economía socialista en los países europeos de democracia popular, del Manual de Economía Política de la Academia de Ciencias de la URSS— “Y el ejército soviético ¿qué? ¿Se rascó los huevos?”) es capaz de redactar nueve tomos con sus obras políticas, mientras que el padre, hijo, esposo, amigo, menudea sus misivas y postales, impregnándolas de ironía.

Pese a ser tan prolífico escritor, parece más bien suscribir las palabras de Jorge Luis Borges: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído”. El elogio de la cultura es una constante pedagógica en sus discursos y cartas; en la despedida a sus hijos, esta es la primera recomendación: “Estudien mucho para poder dominar la técnica que permite dominar la naturaleza”, exhorto que se repite a obreros, estudiantes, burócratas y líderes. Incluso, en los primeros meses tras el triunfo de la Revolución Cubana, sus mismos compañeros aceptan que él tiene la formación teórica más sólida de entre ellos. Y, también, el Che poeta tiene la modestia y el pudor de aceptar que la mayoría de sus poemas no son buenos.

Destinado a ser contemporáneo de todas las épocas que padezcan injusticias, también se muestra como una afirmación de las posibilidades del ser humano mientras siga siendo valiosa la palabra.

Me parece que, después de todo esto —tras este hombre— ya queda más o menos resuelta la cuestión de si la poesía es revolucionaria, o la revolución es poesía.

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¿Expoliación estadunidense o española?

Escrito por: Juan Carlos Ortega Prado el 09 Jun 2008 - URL Permanente

Es la noticia más leída en el portal electrónico del periódico El País.

La curiosidad me invade: “Son españolas. Las 500 mil monedas que la empresa estadounidense Odyssey Marine Exploration encontró en el Atlántico, cerca de las costas del Algarbe (al sur de Portugal), son escudos y reales de a ocho españoles.”

La historia no tiene pierde. Sucede que la mencionada empresa se dedica a buscar tesoros. Y muy bien le fue, porque en mayo pasado anunció que había encontrado uno que no vea usted, de padre y señor mío, valuado en unos 500 millones de dólares (el déficit del Instituto Mexicano del Seguro Social en 2007, ése que está a punto de la quiebra).

La cosa es que España inmediatamente puso el grito en el cielo: ¿cómo osaban quedarse con una fortuna de presumible origen español? ¡Eso es expolio!, bramó el Ministerio del Interior (Secretaría de Gobernación). Y la empresa respondió demandando a ese país por estorbar sus negocios. Business are business y deja de estar molestando, por favor, que la cosa pasó hace mucho y el quid de la cuestión está en la nacionalidad del barco que los transportaba —y me reservo el derecho de hacerla pública, ¿cómo la ves?

Muy interesante caso, ya se ve, que hasta ciertas tensiones diplomáticas ha suscitado y ya involucra también a Gran Bretaña, que dio a Odyssey licencias de exportación en Gibraltar (el peñón es administrado por los ingleses).

Como para novela. Dos naciones intentando arrebatarse el tesoro de un barco —desconocido— que naufragó hace cuatro siglos, más o menos.

Busco las noticias que El País ha publicado al respecto y las leo con el mismo interés con que un amante de la literatura fantástica afronta Harry Potter and the Deathly Hallows. Todo se explica, todas las circunstancias son analizadas. Excepto una. Una sola se olvida. Se trata del origen de los ochavos y los maravedíes, de los reales y la estratosférica fortuna: América (o como, no sé por qué me viene a la mente este anacronismo, Nueva España).

¿Y quién dice que el espíritu imperialista se ha olvidado, que el colonialismo es cosa de finados ayeres? Cuando de dinero se trata, los hermosos discursos de reconciliación y de disculpe usted y mire que eran otros tiempos y de veras deveritas que no lo vuelvo a hacer y viva su independencia, desaparecen, se esfuman.

¿Por qué Bolivia, Perú o México tendrían que renunciar a ese pecio? Digo, de esta tierra salió; fue extraído, a sangre y muerte, por manos autóctonas —o que llegaron para quedarse, en el caso de los negros— y las consecuencias de la matazón y la brutal explotación vivida en la Colonia son unánimemente reconocidas.

Esto no significa que se deba soslayar u odiar el indudable origen español que tantos Estados nacionales latinoamericanos compartimos. Nada de eso, y que nadie se confunda ni extrapole el asunto. Como dirían los respetados líderes intercontinentales de opinión Shakira y Alejandro Sanz: “Te lo agradezco pero (hay cosas, crímenes y olvidos, que) no”.

Esta actitud es muestra de algunas cuestiones ante las que hay que estar muy atentos: el poder omnímodo que tiene el dinero para alterar u olvidar la historia, la pervivencia de las actitudes prepotentes por parte de las naciones enriquecidas (la urgencia de conocer la Historia de la riqueza), el discurso de poder que priva, incluso, en los mejores diarios del mundo, las nociones de legalidad y legitimidad y el espíritu aún amilanado de quienes tienen razones para exigir vela en el entierro.

Todas las voces que se levantan para avalar —faltaba más— la pertinencia de las indemnizaciones que Alemania da a las víctimas del Holocausto (¡y que el oro y arte nazi se devuelva a sus legítimos dueños!) callan en sucesos como éste. Todo, se ve, es cuestión de qué tan reciente es el genocidio.

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