11 Oct 2008
Serenísimo y revoltoso señor. Joaquin Urgel.

www.tudorplace.com.ar/.../
Serenísimo y Revoltoso Señor
El Serenísimo Infante don Carlos de Austria era hijo del rey don Felipe II y de doña María de Portugal. Dignidad que pronto dio muestra de no respetar. Huérfano de madre1 y con un padre casi siempre ausente o embebido en tareas de gobierno gozaba del triste privilegio de una elevada consanguinidad. Desde su primera infancia pudo apreciarse su constitución enfermiza, Una deforme cabeza se acompañaba de una muy amplia frente. La naturaleza fue mezquina con sus rasgos físicos. A cambio exhibió generosidad en la falta de lucidez intelectual. A estas alteraciones de aparición muy temprana, se agregó la fiebre palúdica. Desde su niñez había dejado ver una naturaleza díscola y violenta acompaña del desinterés en los estudios.
Tampoco le ayudaron las decisiones políticas sobre su persona. Siendo un niño de ocho años pensaron en casarle con Isabel de Valois. Seis años después el lugar del novio lo ocupó su padre quedando don Carlos relegado al papel de padrino de la boda. Un padrino adolescente consumido por las fiebres, pálido, flaco, con un cerebro ocupado por demasiados fantasmas entre otros los de la soberbia y la ira. En la ceremonia2 tuvo un altercado con el duque de Alba por un descuido en el besamanos. Lleno de cólera porque su padre obligó a dar explicaciones al poderoso duque se retiró a su cuarto. Pensando en futuras venganzas dejó pasar el tiempo dando vueltas al Toisón de Oro, lucido por primera vez en su vida.
ladysarafina.home.att.net/
No había pasado el disgusto cuando volvió a lucir el Toisón en su proclamación como príncipe heredero. Sin tener en cuenta las nuevas responsabilidades adquiridas continuó con su fastidiosa conducta de hacer a caballeros y criados lo que las cuartanas le hacían a él, molestar sin conmiseración.
En la conciencia del padre estaba bien clara la necesidad de cuidar del hijo y la de velar por el heredero. Cursó billetes a Cartagena, despachó cartas a Málaga y se interesó por Alcalá de Henares. Recibió correos, escuchó ayos y consejeros y con la mejor información decidió instalarle en Alcalá, ciudad de ambiente universitario donde se encontraban estudiando los jóvenes don Juan de Austria y Farnesio, con un clima seco y frío favorable a su salud y cercana a Madrid.

tuna.alcala.org/alcala2.
El príncipe mejoró su salud, pero las buenas compañías influyeron escasamente en él siempre dispuesto a protagonizar insólitos incidentes para comentarios escandalizados de la corte. Posiblemente quiso demostrar su virilidad, entrando en galanteos con la hija de un portero de palacio buscando la colaboración clandestina de la noche. Como todos los secretos íntimos se pregonó en los gabinetes corriendo libre y veloz por pasillos, cámaras, alcobas, jardines, plazas y calles de Alcalá de Henares.
Hubo quién vio con buenos ojos estos amoríos pensando en un indudable fortalecimiento de su masculinidad necesaria para la normal sucesión dinástica. Otros temieron el agravamiento de su estado general perjudicando la vieja enfermedad. Se formaron dos bandos enredando por igual para poner remedio al desenfreno libidinoso o para alentar libertades lujuriosas que ayudarían a superar la falta de virilidad.
Fueron más allá los de la censura y, sin consideración alguna el cardenal don García de Toledo, ayo y preceptor principal, ordenó clavar la puerta de la vetusta escalera que conducía a la alcoba de la libidinosa manceba. De esta manera servía a la salud del cuerpo del príncipe y salvación del alma. Pudieron más las tenazas en manos de la lujuria que los clavos en las de la castidad. Eliminado el estorbo bajó alocadamente por los viejos escalones esperando amorosos brazos desnudos y dulces besos apasionados, compañeros de una noche loca.
La mala fortuna facilitó la rotura de un carcomido escalón dando al traste con sus pasiones. Su cabeza rebotó en la pared de cal antes de besar el polvo de la astillada madera. Acompañaron a una brecha en la cabeza distintas magulladuras que si no fueron más extensas se debió al volumen del menguado cuerpo. En tan lamentable estado supuso que señores y criados estaban durmiendo o alejados del fatídico lugar por lo que vociferaba desaforadamente creyendo no importunar a nadie.
El ruido provocado llamó la atención de los de arriba y de los de abajo. Subieron criados en amplias camisas portando hachas y alabarderos abrochándose el cinturón con las alabardas sujetas en el sobaco por lo que parecían estar en ristre. Bajaron los caballeros espada en mano y los botones fuera del ojal manchando sus terciopelos con la cal de la pared. El cardenal perdió el capelo agachándose para rescatarlo de las pisadas de los auxiliadores notando en menoscabo de su dignidad como algún caballero se apoyó en sus posaderas para no caerse.
Llegada la noticia a don Felipe se tomaron las medidas espirituales de rigor. Prelados y acólitos, abadesas y priores de toda España elevaron al cielo sus preces en las mejores plegarias del canto gregoriano. Se celebraron novenas, misas y cuantos ritos religiosos eran pertinentes. La Virgen de Atocha se trasladó en solemne procesión desde el santuario a la capilla de palacio. Las escasas leguas existentes entre el alcázar y Alcalá se recorrieron a uña de caballo por un atribulado monarca a quién Dios dio todo menos un hijo sensato. Con él viajaban facultativos de la corte entre ellos el cirujano Daza Chacón, el licenciado Torres y el anatomísta Vesalio.
En la antecámara se reunían alrededor de una mesa camilla, arropados por sus faldas, médicos y preceptores presididos por el rey. Todos emitían su opinión sobre las heridas formulando posibles tratamientos dando lugar a pensar en la trepanación. Abierta la cavidad craneal observaron que los sesos eran blancos y la sangre roja. Nada de lo que vieron les pareció anormal procediendo los cirujanos a suturar en las mejores condiciones. El postoperatorio cursó con lentitud sin acabar de cerrarse la herida. Aparecieron inesperados vómitos acompañados de diarreas aumentando los continuos sobresaltos de sus cuidadores. El pronóstico, ya de por sí grave, se ensombreció con la parálisis de uno de sus miembros. La incipiente medicina del Renacimiento no lograba poner fin a tantas calamidades.
El rey prestando oídos a otras posibilidades consideradas menos científicas mandó venir desde Valencia a un cirujano morisco llamado Pintorete. Fabricaba unos ungüentos avalados por el gran crédito al decir de las gentes tratadas por él. Alguna mejoría se observó con su intervención en especial en lo relacionado con las heridas. Don Felipe era consciente de ello pero el estado general del enfermo era paupérrimo rozando la agonía. Desalentado despidió a Pintorete no sin agradecerle la cicatrización de la herida. Esto complació a médicos y cirujanos de la corte recelosos del desconocido de precaria titulación.
Pero el padre comprendía que no era la ciencia la que iba a lograr la curación. Para ayudar a los físicos hizo trasladar a la cámara el cuerpo de fray Diego de Alcalá, muerto en olor a santidad, colocándolo en la cámara del exánime Serenísimo Señor. La curación se produjo milagrosamente para los del cardenal y sorprendentemente para los que no creían en este tipo de terapéutica. Cesaron las rogativas en todo el reino. La Virgen de Atocha regresó a su Santuario y fray Diego logró su merecido reposo eterno.
Sin embargo, el príncipe no había quedado bien parado. Notables deficiencias dificultaban su expresión oral. A pesar de ello con el tiempo estas molestas secuelas tendieron a su corrección. Para su holganza y distracción preparó una representación en su cámara. En los palacios madrileños estaba de moda el cómico Cisneros que cultivaba un género mal aceptado por los preceptores de don Carlos. El presidente del Consejo de Castilla ordenó su destierro para evitar la función levantando con esta provisión la exasperación del convaleciente. Crecida su bravuconearía procedió como si se tratase de conquistar una plaza fuerte. Armó su mano con un puñal adornado con metales nobles y rica pedrería dirigiéndose al cardenal. Su virulenta verborrea se cebó en él:
- Curilla, ¿a mí osáis afrentarme?.
Afortunadamente sujetaron su mano a tiempo. Frustrado el ataque hizo solemne juramento, por vida de su padre, de matarle. El cardenal temeroso del irritado príncipe hizo renuncia irrevocable de sus cargos relacionados con él.
La sustitución por el príncipe de Éboli no mejoró su conducta. La consecuencia de tanta incongruencia fue la duda sembrada sobre la capacidad de don Carlos para regir en su día el reino. Su comportamiento comenzó a ser peligroso para el gobierno de su padre cuando concibió la idea de ir a Flandes contando con el dinero y algunos vestidos que podía obtener de sus aduladores. Intentó implicar al de Éboli. Su preceptor no mostró interés en la descabellada empresa. Además, avisó al rey. El resultado fue el aumento de vigilancia de sus pasos. En cuanto a lo de Flandes el enredador se sentía fortalecido ante cualquier adversidad.
El nuevo destino matrimonial asignado por Europa fue su enlace con Doña Ana, una prima suya hija de los reyes de Bohemia. Las dudas surgidas sobre su virilidad retrasaron la boda. El novio estaba disgustado con la demora y en ello pudo influir el retorcido pensamiento de atraerse a los personajes más importantes de Bohemia al absurdo proyecto. Puesto a buscar las causas del retraso del enlace las encontró en la mala intención del padre unida a la malquerencia del Presidente del Consejo. Sus torpes entendederas vieron la solución en Alemania. No buscó consejeros ni pidió licencia para tomar medidas erróneas. Tampoco mantuvo la debida cautela ni atendió a las mínimas previsiones, simplemente emitió mensajeros en busca de ayuda para tan descabellada empresa. Cuando lo juzgó oportuno envió a un gentilhombre, García Álvarez de Osorio, a Castilla y Andalucía. En su nombre debía recoger el dinero solicitado en préstamo. Los receptores de la demanda mostraron gran desconfianza ante la petición recibiendo más disculpas de las esperadas. Los escasos colaboradores agregaban la condición del compromiso de no emplear lo solicitado contra el rey o contra la Iglesia. Los de la negativa absoluta llegaron a comentar las novedades con don Felipe. La candidez de don Carlos ofreció a don Juan de Austria el Reino de Nápoles. Los razonamientos de su tío para que depusiera su actitud fueron juiciosos pero el vencedor de Lepanto perdió esta batalla estrellándose contra el muro de la insensatez.
García Álvarez regresó de Andalucía con cincuenta mil ducados para contento de don Carlos dispuesto a hacer el viaje despreciando los rigores del invierno. No desanimaron al príncipe ni la escasez económica ni la negativa de los poderosos. El frío invierno se cebaba en Madrid. Las nubes amenazaban con cubrir la Villa y Corte bajo una capa de nieve. Las posibles hospederías del camino apenas podían resistir las inclemencias del temporal. Pero tampoco eso le desanimó. El quince de enero pidió a Raimundo Tassis, Director General de Postas, caballos para la noche siguiente. La contestación fue desfavorable. En ella comunicaba la ausencia de caballos de Madrid por encontrarse sirviendo en la carrera. No contento hizo algo más, puso en conocimiento del rey la nueva intriga proyectada y en vías de llevarse a cabo.
La noche de un sábado de clima hostil atravesó Madrid embozado en su capa para ir a los Jerónimos esperando obtener un jubileo. En la confesión manifestó la intención de matar un hombre. El confesor le advirtió la necesidad de renunciar a esa necedad. Se negó a ello planteando un problema básico al sacramento. Si no había propósito de la enmienda no habría absolución. No hubo acuerdo en el acto penitencial por lo que el príncipe buscó otro sacerdote con el mismo resultado. Su insensatez llegó al grado de solicitar a los frailes la comunión con una sagrada forma sin consagrar. Se alborotó el convento. La obligada discreción de los confesores fue desvelada por la impertinencia de un príncipe iracundo. No se recataba de comunicar por los pasillos la próxima muerte de quién no anunció el nombre hasta perder su poca paciencia voceando el título de su padre don Felipe. Aprovechó la ocasión para quejarse de la falta de comprensión de los religiosos embozó la capa y salió airado hacia palacio. Los frailes temerosos de las amenazas pronunciadas fuera de la confesión acudieron consternados a palacio.
La misa del dieciocho de enero fue solemne por ser domingo. La corte se encontraba en fiestas para celebrar el santo patrón del rey don Sebastián de Portugal, muy querido de don Felipe. En el amplio salón estaba lo principal de Europa animada por los príncipes de Hungría y Bohemia. Don Felipe rodeado de grandes de España contemplaba complacido las evoluciones del sarao desarrollado entre paredes cubiertas por ricos lienzos que recordaban numerosas de batallas. Advirtió la temprana retirada de su hijo con la cabeza baja y los ojos tristes. No le dio más importancia. La triste figura parecía una sombra acompañada de un cuerpo. Levantó la compasión de don Juan de Austria que acudió a su lado para aliviar su soledad. La visita en la cámara privada se convirtió en un interrogatorio. Don Juan hablaba de su conversación con el rey sobre negocios de galeras. El sobrino insistía en creer que había asuntos tratados que sobre él. La conversación fue subiendo de tono. Don Juan vio el brillo de la espada en manos de don Carlos. Desenvainó la suya y con energía requirió un comportamiento más pacífico. En la discusión don Carlos hizo un comentario despectivo del origen humilde de la madre de don Juan. Pareciendo calmarle el exabrupto retiró el arma. Su tío admitió este extremo y mientras envainaba la espada contestó:
![]()
upload.wikimedia.org/
- Pero habréis de reconocer que mi padre es más importante que el vuestro.
Más tarde un extraño desfile recorría los pasillos del alcázar. Abría la comitiva don Felipe, sin que se asomaran a sus ojos los pensamientos instalados en su cerebro, acompañado del duque de Feria alumbrando con un farol y mirando con tristeza el suelo como si presintiera una tragedia. Les seguían el príncipe de Éboli desconsolado por el pesar de su fracaso, el Prior de San Juan, recordando los continuos escándalos protagonizados por el heredero a pesar de sus continuas plegarias y don Luis Quijada cuyo afable carácter había ganado el afecto del príncipe pero sin poder modificar el rebelde comportamiento del revoltoso Señor. Detrás de ellos unos camareros llevaban clavos y martillos pensativos por la labor a realizar a esas horas.

www.elpais.com/recorte/
Cerraban el paso unos adormitados alabarderos pensando en las dulzuras amorosas de noches sin guardia. En la antecámara se encontraban, sentados en sillones frailunos, dando cabezadas el conde de Lerma y don Rodrigo de Mendoza.
Al llegar el séquito se pusieron en pie haciendo venias al rey acompañándole al dormitorio. Dentro de la alcoba, acostado bajo el dosel de su lecho reposaba don Carlos. Dormía con placidez después de un día saturado de protagonismo en tantos incidentes. Reposaba con la seguridad de no ser molestado gracias a un ingenioso mecanismo que le había construido un hábil artesano. Nadie podría turbar su descanso sin que el artificio avisara presencias inoportunas. Con previsión había colocado en la cabecera de la cama armas blancas y de fuego. Un buen conspirador debe pensar en todo. No calculó en la posibilidad de un fallo en el artilugio unido a la acción rápida de inoportunos intrusos. El defecto del artificio favoreció la requisa de armas.
Despertó el infortunado buscando defensas donde solo quedaban almohadas sobre sabanas. Vio la severa figura de su padre dándole la oportunidad de suponer las situaciones derivadas de su presencia a esas horas. Pensó descubiertos sus enredos y como consecuencia se encontraba ante los encargados de ejecutar el castigo. Hasta temió por su vida. Don Felipe no descompuso sus ademanes. Sus palabras comedidas y cariñosas parecían aumentar la irritación de su hijo. El hijo no entendía los deseos pacíficos del padre y menos aún que dijese hacerlo todo por su bien y remedio. Comenzó una gran actividad en la alcoba. Entraron en acción clavos y martillos sellando puertas y ventanas. Abrieron bargueños, arcas y cajones. Recogieron escritos y documentos almacenados por el príncipe. Apagaron el fuego de la chimenea y salieron todos del dormitorio. Los últimos fueron el duque de Feria con su farol y las llaves encontradas escoltando a un rey entristecido por tener que comportarse como soberano por encima de sus sentimientos de padre.
Desde primeras horas del día aparecieron disposiciones adicionales destinadas a proteger la seguridad personal de don Carlos. No podían entrar en la cámara instrumentos cortantes o punzantes, la comida debía servirse previamente trinchada, las conversaciones debían ser escuchadas por todos los presentes, las visitas necesitaban autorización previa y la puerta debía permanecer siempre abierta. En la covachuela de palacio trabajaron duramente exhumando viejos papeles referidos al proceso del príncipe de Viana.
La primera comida le causó llanto y dio en morderse los dedos. Transcurrieron unos días entre el aburrimiento y las protestas. Pero pronto empezó a animarse la escena. A la falta de instrumentos precisos para atentar contra su vida se unía la sobra de vigilantes pendientes de sus movimientos, además de cumplir con todos los deseos dentro de lo permitido en las restricciones a las que estaba sometido. No encontrando otra solución ideó dejar de comer. Esta situación se mantuvo durante cincuenta horas tras las cuales intervino don Felipe consiguiendo el abandono del ayuno. La aparente docilidad de don Carlos solo sirvió para tranquilizar al padre. Si tampoco podía poner fin a sus días ni con lo que después se ha llamado huelga de hambre tenía la posibilidad de morir de un empacho. Comenzó a comer con gran voracidad. Con la llegada de los primeros calores exigía abundante agua helada bebida en exceso y derramada por el suelo. Con la sobrante humedecía el lecho. Los paseos por la habitación eran constantes con los pies descalzos y en absoluta desnudez para sorpresa de los forzados asistentes.

www.spain-tour.net/.../
Como el calor arreciaba cambiaron su residencia a El Escorial. Su aspecto era deplorable. Presentaba una cara arrugada con los ojos hundidos bajo los que se hinchaban levemente los párpados mostrando un tenue color violáceo. Se podían contar las costillas resaltando en la espalda la espina dorsal. Las escápulas parecían un esbozo incipiente de alas. A esto unía la delgadez de brazos y piernas.
Entre los frecuentes ayunos intercalaba comidas copiosas. A mediados de julio, después de una generosa introducción le sirvieron una empanada de cuatro perdices bien aderezadas. Las especias le produjeron una intensa sed. Pronto hicieron su aparición copiosas diarreas acompañadas de pertinaces vómitos resistentes al tratamiento del doctor Olivares. Su mal estado general aconsejó al médico comunicar la extrema gravedad al rey. Por su parte el enfermo no colaboraba en su curación. Con los días contados se hicieron necesarios los auxilios espirituales.
El rey estuvo presente en la extremaunción. Aconsejado por el confesor se escondió, para no ser visto por el agonizante, detrás del príncipe de Éboli y del Prior de San Juan. En el momento de administrar el sacramento sacó con timidez entre ellos la mano para bendecir a su hijo. Tres días después fallecía, en la madrugada del veinticuatro de julio de mil quinientos sesenta y ocho, aquel Infante destinado a regir todo un mundo privado por la naturaleza de la salud necesaria para cumplir con los fines a los que su nacimiento le había hecho acreedor.
1 Se presentaron las temidas fiebres puerperales atribuidas a haber sido mal fajada, haber comido melón o a los malos cuidados de las comadronas. En todas las muertes siempre hay un culpable Aquí fueron las comadronas, las damas de compañía ausentadas para asistir a un acto inquisitorial de ejecución de herejes sin que quede constancia y la actuación de un médico portugués contrahecho.
2 Esta boda se celebró en Toledo contando la novia solamente trece años. La reinecita enfermó de viruelas guardando una molesta cuarentena. Bajo sus ventanas se celebraban torneos y justas a diario. Acabaron, para suerte de los caballeros, con la cuaresma. Por aquellos días don Felipe decidió acabar con una corte itinerante pensando en instalarla permanentemente en Toledo. Doña Isabel lloró desconsolada recordando su cuarentena. El rey le ofreció Madrid, que es capital de España, probablemente, por causa de las viruelas de Doña Isabel de Valois. Pequeñas causas pueden producir grandes efectos.
Últimos Comentarios
- La química del Infierno. Enviado por F. Casado 3 comentarios Fercho navega Dreams
- Hermanitas de los Pobres. Jerez de la Frontera 1 comentario viento-del-norte
- El azabache vivo se llama Zulema. Joaquín Urgel 2 comentarios Joaquín.U Vivi
- La Autenticidad nos Hace Seres Felices. Jorge Carvajal 7 comentarios viento-del-norte jimena Joaquín U jimena Joaquín
- Poema Algunas Amistades Son Eternas de Poemas de amistad 20 comentarios Bea. Joaquin U rosa Joaquin U Joaquin U
Tags
Categorías
- AVISO
- BIOGRAFÍAS
- CARTA ABIERTA
- CULTURA
- CULTURAS
- EDITORIAL
- HISTORIA
- HUMOR
- LEYENDA
- LITERARURA. ENSAYOS
- LITERATURA
- MALES SOCIALES.
- MEDICINA
- MUSICA
- PARASICOLOGÍA
- PINTURA
- POESÍA
- POESÍA CARICATURESCA
- POESÍA MÍSTICA
- POESÍA ROMANCE
- POESÍA ROMANCES
- REFLEXIÓN
- RELIGIÓN
- religión
- REMITIDOS
- SITUACIÓN LABORAL
- TEMAS DE ACTULIDAD
- TEMAS MÉDICOS
Buscar
Suscríbete
Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):


Escribe tu comentario