02 Mar 2008
25 Oct 2007
ADÉNTRATE EN UN BOSQUE EXTINTO QUE SÓLO ENCONTRARÁS EN CANARIAS
Hubo un tiempo en el que, en el norte de África y toda Europa, abundaba un tipo de bosque llamado laurisilva. Su propio nombre nos dice lo que es, laurisilva, selva de lauráceas. La familia de las lauráceas la conforman una serie de árboles únicos en el mundo y que se dan en unas circunstancias muy especiales: entre los 500 y 1.100 metros de altitud, a una temperatura estable durante prácticamente todo el año en torno a los 15 y 19 grados, carentes de heladas, pero protegidos por las brumas o nieblas.
La acción del hombre y los cambios climáticos a lo largo de los siglos hicieron desaparecer toda la laurisilva de África y Europa pero existen tres únicos puntos en el mundo que aún conservan este tipo de bosque subtropical del Terciario, y estos enclaves están en tres archipiélagos de la Macaronesia: Azores, Madeira y Canarias.
Visitar un bosque de laurisilva es adentrarse en el pasado, retroceder 20 millones de años. Pocos saben lo que tienen, pero pisarlo, tocarlo, verlo... es como poder acariciar a un dinosaurio. Hablamos de algo casi extinto de cuyos vestigios podemos disfrutar casi en exclusiva.

Los microclimas en Canarias han permitido este milagro. Mientras uno se achicharra en la costa a 30 grados, en ciertos puntos de las medianías, las nubes que arrastran los vientos alisios quedan atrapadas entre las altas montañas. Bajo esas nubes se crea un clima único y es este fenómeno el que ha propiaciado la conservación de la laurisilva.

Es el caso de Anaga o Teno en Tenerife. En el monte de las Mercedes disfrutamos de este submundo mágico. Pero la laurisilva más espectacular se conserva en el Parque Nacional de Garajonay, en La Gomera. Por algo está declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

El Hierro y La Palma también conservan este tipo de bosque. No ocurre lo mismo en Gran Canaria, donde la práctica totalidad de la laurisilva fue destruida por el hombre. Sin comentarios.
Debemos aprender a valorar lo que tenemos. Por eso, cuando volvamos a ver un laurel, un viñátigo, un tilo, una faya o un brezo, debemos pensar que no son árboles cualquiera. Son árboles del pasado, que nos hablan, y que nos piden a gritos que protejamos una reliquia que tenemos la suerte de conservar.

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