11 Mar 2008
Una biblioteca nueva
Una biblioteca nueva (Álex)
La veo acariciar una hoja como a un oso de peluche, hablarle a la todavía en blanco como a un amigo imaginario. Libre y sutil como la noche unas veces, otras pesada y orgullosa como el día. La primera estrofa le salió al encuentro, parecía la hoja una biblioteca nueva, de páginas aún no leídas, de historias que no serán si nadie las mira.
Se me parece como una historia, como un libro. Como si no fuera nadie mientras no la miran. Pero yo, mirándola sin ser vistx, en continua presencia ignorada como el aire, oigo cómo llora su silencio, cómo moja de gotas esa misma hoja que sigue acariciando.
Y se le olvida a ratos su pelo largo que se apoya sobre sus cejas y que busca alcanzar su ojo izquierdo. Resbala de su ceja y cae sobre sus pestañas. Entonces se acuerda otra vez de que tiene pelo largo y, como recién despertada de un mal sueño, se frota el ojo y sopla hacia arriba. Y su pelo se queda colgando un momento hasta que vuelve a colocarse sobre su frente.
Yo sé de su silencio y de su querencia por esa hoja de sólo una estrofa con la que podrá fundar por fin una biblioteca nueva. Dejará atrás y para siempre la Historia, ese remordimiento añejo qe no le deja cambiar nada. Por eso acaricia tan cariñosamente esa hoja. La encontró en blanco olvidada en algún cajón de un mueble viejo de la estancia. Olvidada. Es necesario olvidar las cosas para que se vuelvan blancas y se puedan cambiar, escribir en ellas algo nuevo, una vida por fin propia.
Esta hoja, su hallazgo casual, le dio la oportunidad que nadie nunca le quiso dar. Siempre le ponían la misma excusa: ya te la dimos y te equivocaste, haberlo hecho mejor antes. Y le basta, para su vida nueva, con sólo una estrofa. Luego doblará la hoja y la usará para su agenda, de marcador en los libros que vaya leyendo, todos nuevos, de biblioteca nueva.
Nunca pude tomarle prestada por un momento esa hoja. Tampoco pude leer ni nadie me leyó esa estrofa. Pero pasado un tiempo ya no pude seguir mirándola sin ser vistx. Se daba cuenta. Y cuanto más lloraba su silencio, más protegía su hoja. Y me miraba y yo dirigía mis ojos hacia otra parte de la estancia, casi siempre arriba, a las lámparas. Arriba casi nadie nunca suele mirar. Está mal visto. Te dicen con desprecio que estás en las nubes. Ignorantes. Todxs somos antiguxs habitantes de las nubes.
El caso es que una vez no evitamos mirarnos. Y nos miramos un buen rato. O tal vez fue sólo un instante. Lo que sí sé es que se esfumó el tiempo. Sólo entonces supe qué decía esa estrofa. Era casi lo único que me quedaba por saber. Lo demás, todo lo demás que era importante, ya lo sabíamos desde hacía meses.
Por dos veces a la semana teníamos que ir allí. Esperábamos en la estancia a que dijeran nuestro nombre, siempre seguido del rutinario "puede usted pasar". Pasábamos así juntos, esperando lo que ya sabíamos, entre media y una hora cada vez.
Sólo íbamos para comprobar que se cumplían los plazos de nuestra muerte. Unos plazos que había dispuesto una enfermedad que ya no iba a terminarse nunca. Nos terminaríamos nosotrxs y ella nos sobreviviría, infectando otros cuerpos también llenos de deseo. De deseo y de miedo.
Por eso que le baste con sólo esa estrofa. No había más tiempo. Por eso dejaría atrás la Historia y se centraría en leer sólo lo nuevo. Sólo eso que había escrito en esa hoja que seguía acariciando. Una estrofa: diez palabras en tres versos. Y yo sólo pude leerlas cuando por fin nuestros ojos se sostuvieron la mirada durante un tiempo. "Si llora mi silencio, / mírame siempre / aunque no quede tiempo".
Ella dejó de ir a esa estancia pasadas dos semanas desde nuestra mirada. Y a mí el tiempo me dio otra vida. Desde entonces, cuando hay mucho silencio, como si llorara, miro arriba para mirarla siempre. Y a menudo se interponen unas nubes (libres y sutiles unas veces, otras pesadas y orgullosas) para recordarme que lo que nos separa es sólo tiempo.
23 Feb 2008
Amar no es trinchera
Amar no es trinchera (Álex)
Me creía siempre contigo. Jamás me imaginé vivx sin ti. Mi papá es de veras experto en este tema, pero a esa edad yo debía decirle que, que no podía comprenderme, que él nunca lo entendería. Y a pesar de todo el buenazo de mi papá me sigue insistiendo: juégate por lo que amas.
Digamos que durante un tiempo no me importó tener que ser sólo ella. Sólo ella y muy especialmente sólo para él. Es verdad que todavía no sabíamos casi nada de sexo, pero tampoco nos atrevíamos a querer saber algo más. Así que no tuve que pasar mucho apuro para seguirle ocultando las dos cosas: la que él deseaba y la que no podía ni imaginar.
Cuando me agitó fuerte como un remolino yo andaba ocupadx con una chica, pero claro, dado mi oficial estado de "ella" la relación no iba a tener éxito, pues no le adivinaba tendencias homosexuales a esta chica. Menos aún me planteé confesarle mi dualidad. Entonces me dejé arrastrar por el remolino.
Abrir las ventanas muy de madrugada en pleno invierno austral porque un deseo que no te explicas ha mojado las sábanas. Eso es un remolino. Correr incluso con falda corta y comprarme zapatitos de muy mujer como si todx yo lo fuera en verdad. Es un remolino. Hacer muchas fotos de ti mismx y en el mismo día para guardar bien esa cara tan llena de luz. Un remolino. Hablar mucho más bajito cuando me quedaba a solas con él. Remolino. Un remolino es también una guerra. Bum. Y ésta empezó.
Daba amor y recibía amor. Pero no el mismo amor. Pero no lo mismo de amor. Y, aunque me mentía a mí mismx, en verdad no me daba igual. Él era todo él. Yo lo quería todo y todo él recibía todo mi amor. Él me quería y me quería toda. Y yo toda no soy más que la mitad. Me daba todo su amor y sólo la mitad de mí podía recibir ese amor. En la otra mitad me sentía abandonadx, rechazadx. Aunque ni él ni nadie tuviera culpa alguna. Tampoco mis fingidos deseos por aparentar ser más mujer lograron que me sintiera sólo mujer.
Empecé a ser esquivx, a ponerle mil excusas. Hasta que un día tuve que decirle una definitiva: mi familia no veía bien que me relacionara con él y yo no podía desobedecerles. Por supuesto era mentira, pero me sirvió para hacer valijas, renovar roperos y sobre todo llegar a algunas conclusiones.
Desde el principio supe que este tema, como otros muchos, no iba a estar nada fácil para mí. Si me declaraba a una chica me acusarían de lesbiana, si a un chico una mitad de mí no se sentiría correspondida. Y ser las dos cosas para los demás entonces, como ahora, era impensable. La mejor opción sería olvidar, pensar que eso para mí no podía existir, que eran cosas dispuestas para los demás y que yo sólo podía aspirar a emocionarme con las historias del cine y con algunos poemas. Pero pronto vi que querer olvidar es el principio para nunca olvidar. Entonces tal vez debería hacer lo contrario: amar, lanzarme, atreverme, disparar las flechas yo. Hasta empecé a ver las ventajas que tenía: mis dos mitades, las dos heterosexuales, no excluían a ningún sexo, por lo que tendría más donde elegir.
Pero no, con ese chico y con algún otro amor que mantuve callado, vi que no era posible. Que amar no era ninguna estrategia correcta para sentirme queridx, mínimamente aceptadx. Al menos no en la forma en que a los demás les está permitido amar.
Por eso es que prefiero acudir a mi padre, a sus sabios consejos. Un día tal vez os cuente por qué. Cómo amó y ama. Y cuánto se sacrificó para que fuera libre y totalmente yo.
14 Feb 2008
No es mi imaginación
No es mi imaginación (Álex)
Hasta hace muy poco pensaba que los sueños que tenía mientras dormía se debían exclusivamente a mi insaciable imaginación. Los fantásticos, los de miedo, los de sexo, los de jugar. Los fabricaba mi imaginación. Pero ahora sé que no ocurre así. Si sueño que estoy solx en el océano o que por casa no aparece nadie desde hace días. Me levanto asustadx y busco algo de chocolate en la cocina para calmarme. Pero no es la imaginación. Se trata en verdad de esa información no consciente, esos datos acerca de mí mismx que serían perjudiciales para el día a día y que por eso sólo aparecen cuando sueño.
Un tipo de sueño que tengo con frecuencia: estoy haciendo una exposición en clase y estoy desnudx, y la gente no deja de mirarme y hablar entre ellos en susurros. Como se me repetía tanto este sueño decidí buscar información que me ayudara a comprender su significado. En cierta manera yo ya lo había comprendido, pero necesitaba una opinión experta para creérmelo. Y encontré esto: soñarte hablando en público es valentía, pero si estás desnudx es timidez o miedo a que los demás descubran algo que tú no quieres que sepan.
Después de que esta información confirmara mis sospechas sólo el silencio acudió a mi pensamiento. Un silencio clarificador, como el único lenguaje necesario. El requisito ineludible para empezar a hablar. Silencio.
Valentía, sí, de hacerme, de construirme más allá de la imagen que devuelven los espejos. Diseñar una voz propia, íntima, independiente de los pocos sonidos que fabrica mi boca. Ya la naturaleza me pidió valentía desde el primer segundo de luz. Valentía de no mentirme pero valentía también de mentirles. Tuve que ser ella. Para los demás sólo puedo ser ella. Para mí soy ella-él, él-ella. Para mí y mi familia sí puedo ser las dos cosas. Para los demás... tuve que aceptar sus opciones.
Timidez, sí, más bien miedo. Es como el primer mandamiento, como cumplir la promesa de no contar nunca el secreto de tu mejor amigo. Yo soy mi mejor amigx. Y también soy, al mismo tiempo, el secreto. Desnudx sólo me ve últimamente el espejo de mi habitación. Y alguna fotografía clandestina que guardo en mi bolso. Porque no puedo pensar que lo llegarían a comprender, mucho menos que me aceptarían. No, ya lo intentó mi familia al principio y sólo me llegaron a considerar un valioso objeto de estudio. Y un acto temerario. Primero el de mi familia cuando me dejaron elegir. Segundo el mío, que siempre supe que no hay nada que elegir. Bueno, sí, elegí mi naturaleza. No tenía otra forma de devolverle el favor que me hizo, cuando la naturaleza me eligió. O tal vez nadie elija y sólo se trate de un encuentro tan fugaz como una vida.
Pasados unos días el silencio abandonó mi pensamiento. Seguí soñando pero cosas distintas. Ahora aparezco muy atentx en clase de sintaxis y salgo voluntarix para analizar algunas oraciones. Entonces todos en la clase se enfadan y me tiran bolitas de papel mientras se ríen de mí. No lo leí en ninguna información de expertos en sueños, pero sé que ese sueño trata de mi enfado con el mundo por no reconocer mi esfuerzo. Siento que siempre debo esforzarme más que el resto, como si me exigieran el doble. Intento no quedar mal conmigo ni con los demás. Pero no lo consigo. Siempre les dejo insatisfechos: a mi familia, a mis amistades, a mis profesores. Y estoy segurx de esforzarme todo lo que puedo. Al final sólo obtengo risas y bolitas de papel.
¡Qué rabia! Me olvidé de comprar más chocolate y ahora no podré dormirme en toda la noche.
07 Feb 2008
Anarquistas en el piso
Anarquistas en el piso (Álex)
Como cada día en los últimos sesenta y ocho días, se han levantado a las once de la mañana. Lo sé porque escucho el estruendo de las persianas luchando por ascender y también por el cacarear de sus gargantas aclarándose en el lavabo. Mientras él se afeita con lo mejor para el hombre, ella se mete a la cocina y prepara el desayuno para los dos. Lo comen y lo beben juntos en el salón, siempre con la televisión prendida en el canal privado y conservador que a esa hora siempre emite la crónica de sociedad. Media hora más tarde ella lava lo que usaron para desayunar. Él consume en la ventana el primero de sus diez cigarrillos de media diarios.
Para el almuerzo también es así. Ella fue un poco antes a una conocida cadena de supermercados a comprar lo necesario: refresco de marca, pasta de marca, dentífrico de marca que ya no quedaba y algo de bollería industrial. Él va ya por su tercer cigarro y sigue mirando la televisión en el salón. Enciende las dos barras de calor del calefactor a pesar de que van ya varias semanas de sol y con una temperatura primaveral. Al rato se agobia y se quita el jersey y los zapatos. Descalzo y en camiseta parece sentirse más libre. Ella sigue afanándose en la cocina. Tras usar una hora de horno eléctrico, microondas y freidora el espacio se empieza a llenar de humo a pesar de que la ventana está abierta, pero decide no activar el extractor de humo para no sentirse consumista. Y para que no se le olvide ha colocado una pegatina en el refrigerador con un carrito de la compra tachado junto a lema 'destruye la sociedad de consumo'.
Nunca sé muy bien de qué hablan, aunque debe ser muy íntimo y secreto, ya que siempre usan la lengua del territorio de donde vienen y nunca la del territorio en la que están. Sienten que es una forma de rebelarse contra la globalización que nos incomunica y mata las lenguas más cultas. Nunca sienten la necesidad de limpiar y ordenar el piso. Se niegan a dar uso a esos objetos de la limpieza que tanto contaminan y que desnaturalizan el caos propio de los espacios de convivencia. Si lo hacen con los platos, vasos y cubiertos es porque necesitan que estén limpios para poder comer.
Las tardes se las pasan jugando a la videoconsola que hace poco les llegó por correo urgente. La conectan al televisor y juntos marcan goles o corren veloces carreras de competición. Si estos juegos les cansan entonces ponen la radio con música comercial donde suena el último grito.
Y a la noche casi siempre toca comida rápida para que ella descanse de cocinar. Pizzas, hamburguesas. Hamburguesas, pizzas. De unas conocidas cadenas multinacionales de comida a domicilio. Con el estómago lleno se acomodan en el sofá y miran la televisión hasta altas horas de la madrugada.
El símbolo anarquista preside en grande la entrada a su habitación. Él de vez en cuando se me acerca y me acaricia dulcemente mientras se queja en mi lengua de lo hipócrita que es la mayoría de la gente y de la falta de libertad que hay en esta sociedad. Y mientras ella mira para otro lado o llama por el celular a un chico que conoció hace poco. Entonces empieza una entusiasta conversación sobre lo último que vieron por televisión.
Yo les deseo, de corazón, buenas noches y me meto en la cama con una agradable sensación de libertad y anarquía.
31 Ene 2008
Asocial y kafkianamente yo
Asocial y kafkianamente yo (Álex)
Hoy regresé a la sociedad después de unos tres días de paraíso. Sí, de paraíso. Ya no controlaba las horas de sueño, la hora de las comidas, cuándo entrar a las calles y cuándo salir de ellas. Es terapéutico. No lograba dormir de noche, tan sólo me vencía el sueño ya muy de madrugada, casi amaneciendo. Y me despertaba luego sobre las once o las doce. Hacía como que me duchaba, como que leía algo, como que me interesaba lo que decían las noticias. Como que vivía. Comía sólo si en verdad sentía hambre, algo que solía sucederme alrededor de las seis de la tarde. Con su correspondiente proceso de digestión y la consecuente somnolencia. Así que me metía en la cama a dormir más o menos entre las ocho y las diez de la noche. Y luego vuelta a empezar, con una noche de lecturas y pensamientos llenos de silencio. Encantadores tres días de paraíso.
No sé todavía para qué me necesita la sociedad, en qué le puedo ser útil. Ni siquiera sé bien qué es ni me preocupa demasiado saberlo. El caso es que a pesar de la falta de pruebas convincentes, hoy estuve de vuelta en la sociedad. Tal vez de vez en cuando sea necesario recordar que no somos lo que queremos ser sino lo que los demás creen que somos. Y yo como ni le he preguntado a los demás quién soy ni pretendo hacerlo nunca, me quedaré con las ganas de saber quién soy en realidad. De todas formas siempre hay un impulso pragmático en nuestras acciones que es mejor no ignorar.
Así que volví, aunque sólo fuera porque tenía que hablar con una profesora para ver si me podía cambiar la fecha de su examen que me coincide con otro. No dormí en toda la noche, pero hice como que madrugué. Me di una ducha. Caminé un poco y tomé el bus para el campus. Por ser período de exámenes la Facultad estaba más vacía, aunque no imaginé que pudiera estarlo tanto como para no llegar a encontrarme con la profesora. Ya le envié un correo electrónico la semana pasada solicitándole poder hacer su examen en otra fecha. Pero no me respondió. Y esta mañana, en su horario oficial de tutorías, no se encontraba en su despacho. Así que redacté una protocolaria nota de solicitud de cambio de fecha para el examen rogándole que se pusiera en contacto conmigo lo más pronto posible. Y eso es lo que todavía ando esperando.
Salí de la Facultad y fui caminando de vuelta al piso. Lamentablemente esta ciudad, incorregible, sigue igual. Una ciudad es su gente y ésta está llena de espectros sórdidos y orgullosos. Nada parecido a lo que cabría esperar del concepto "gente". Miro toda esa gente y sólo me dan ganas de disfrutar otros tres días más de mi particular paraíso. Pero intento evitar la tentación autoengañándome: venga, seguro que encuentras a alguien; alguien habrá que sepa sonreír; por dentro tienen que ser unas bellísimas personas. Pero no me funciona.
Llego por fin al piso y recuerdo entonces una de las lecturas durante el paraíso. La "Carta al padre" de Kafka. En ella cuenta la historia de su sentimiento de culpa y la relación con su padre. Al inicio de la carta dice:
"Yo siempre me he apartado de ti, metido en mi cuarto, con mis libros, con amigos insensatos, con mis ideas descabelladas; jamás hablé francamente contigo, en el templo jamás me acerqué a ti, en Franzenbad no fui jamás a visitarse, tampoco he conocido el sentimiento de familia, ni me ocupé del negocio ni de tus otros asuntos".
Yo podría haberlo escrito exactamente igual. Así soy yo con mi padre, con mi familia, con la sociedad, con el mundo. Y mis pocas amistades me recriminan eso, que no me ocupo lo suficiente de sus asuntos. Normalmente lo pasamos bien cuando nos reunimos, pero eso no tiene en mi caso nada que ver con la idea romántica de la amistad, del amigo como ese otro yo capaz de comprendernos y hasta de completarnos. Entre otras cosas porque sé que si nací es porque ya entonces estaba más que completx. Yo les explico que no se trata de ellos, de que me interesen o no sus asuntos. Y les cuento qué entiendo yo por sociedad. Una especie de red con arañitas dispuestas para cazarme. Y les digo también que no se trata de posicionarme a favor o en contra de la sociedad, sino de tener más libertad. Simplemente de poder elegir no ir a la fiesta. Sin embargo mis amistades pretenden entrar a la fiesta y jugar a divertirse o a criticar lo mal que está organizada la velada.
La conversación acaba siempre con ellas llamándome antisocial y yo explicándoles que no, que en todo caso sería asocial. Entonces para que lo entiendan empiezo a hablarles de Kafka. Ellas discuten mientras a dónde van a salir esta noche. Yo les digo que vayan solas, que tal vez les acompañe otra noche.
24 Ene 2008
Si hubiera sido camboyana
Si hubiera sido camboyana (Álex)
En la Facultad todo sigue igual o peor. Nadie se atreve a hacerse preguntas que vayan más allá de cuándo es el examen o qué preguntas entrarán. O si por favor, profesor, podría cortar las clases ya. Suerte que yo, para esos momentos, ya tengo elaborada mi propia estrategia: más vale libro en mano que cabeza hueca. Así que abro mi libro y me pongo a leer hasta que la trascendental discusión que hay en clase, como una mala tormenta, cesa.
Yo para los demás soy ella, soy Álex. Y estoy segurx de que acompañan mi nombre de una serie de adjetivos no muy cariñosos, precedidos todos del artículo la. Ya, ya sé que el mundo no entiende de gramática ni tiene por qué entender. El caso es que me resulta curioso cómo hasta hace muy poco el adjetivo no apareció desligado de la categoría de sustantivo en los principales manuales de gramática que se han hecho en la historia. Seguro que es algo que tiene mucho ver con la manía de la gente de acompañar los nombres de motes, de apodos, como si realmente formaran parte del nombre, del sustantivo.
El libro que ahora mismo tengo como estrategia es "Se lo llevaron, recuerdos de una niña de Camboya" de Loung Ung. Cuenta la vida de la autora, premio Nobel de la Paz, durante el conflicto bélico entre los Jemeres Rojos y el Gobierno de Camboya, del que su padre formaba parte. Murieron más de dos millones de personas y nadie puso monumentos ni guardó minutos de silencio en su memoria. A toda esa gente le tocó ser víctimas de la violencia primero, y de nuestro olvido después. El libro, un ejemplar bien editado, de poco más de 250 páginas, con buena letra y fotografía de la autora cuando era niña en la portada, lo encontré por 5 euros en una tienda de reciclaje, de esas de compra-venta, del centro de la ciudad. Comparto este fragmento con vosotros:
"Mamá dice que ando dando pisotones, como una vaca muerta de sed. Ha intentado muchas veces enseñarme a andar como debe andar una señorita. Primer apoyas el talón en el suelo; después haces rodar sobre el suelo la parte carnosa del talón mientras encoges los dedos dolorosamente. Por fin los dedos del pie te despiden suavemente del suelo. Debes hacerlo todo con gracia, con naturalidad y en silencio. A mí me parece demasiado complicado y doloroso. Además, me gusta ir dando pisotones".
Ahí lo tenéis. Es la santísima trinidad de lo femenino: gracia, naturalidad y silencio. Y en torno a esos tres elementos, un espíritu que lo llena todo: dolorosamente. Desde que empecé a leer el libro esta semana he estado pensando cómo hubiera sido mi vida de haber nacido en Camboya. Lo primero que sería distinto: mi físico. Estos ojos claros serían un poco rasgados y sobre todo oscuros, y mi piel un poco más oscura también. Y más bajitx. El pelo bien negro. Lo segundo: mi nombre. No me llamaría Álex, sino que sería un nombre compuesto, de apenas dos monosílabos. Shin Yon, Pon Zung... Y seguro que no podría llevar una dieta tan equilibrada ni con tantos dulces.
Pero cuando leí ese fragmento me llevé una gran decepción. Esas mismas palabras son las que, casi textualmente, me ha repetido mi madre una y mil veces. ¿Qué culpa tendré yo de que las aceras estén llenas de desniveles o de que la gente se me ponga como estatuas delante de mí? Son ellos los que tropiezan conmigo. Además, no entiendo para qué debe haber un modo de andar para ellos y otro para ellas.
El mundo puede tener perdón porque no lo sabe, pero mi madre, que siempre supo que soy las dos cosas, no lo tiene. Y también sabe que eso sólo me pasa con la gente y con estas avenidas tan rectas de la ciudad. Cuando nos vamos al campo siempre salto y corro sin tropezarme con nada. Pienso que es porque allí sí me dejan ser más libre.
Así que dejaré de soñar con cómo viviría si hubiera sido una niña camboyana. Está visto que la manía de dividir el mundo en ellos y ellas no entiende de guerras ni de culturas.
Últimos Comentarios
- Una biblioteca nueva 5 comentarios Venecia Gabriel javipil Rosa rosae Rosa rosae
- Asocial y kafkianamente yo 9 comentarios la peliroja sexy nathy Gabriel soropri La Donnadieu
- Si hubiera sido camboyana 23 comentarios candidopinolago CERRADO rosa-rosae Venecia Gabriel
- No es mi imaginación 5 comentarios xxy Regina cándido pino lago Eugènie CERRADO
- Anarquistas en el piso 8 comentarios soropri soropri candidopinolago Gabriel JOAQUIN R. POLO
Enlaces
Buscar
Suscríbete
Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

