25 Dic 2008

Muere el dramaturgo Harold Pinter a los 78 años, después de una vida de placer, desafío y entusiasmo.

Escrito por: hirimotu2 el 25 Dic 2008 - URL Permanente

Considerado un escritor políticamente comprometido, Harold Pinter dedicó en los últimos años sus críticas políticas más ácidas contra la violación de los derechos humanos y contra la guerra de Irak, en la que Reino Unido fue fiel seguidor de la Administración estadounidense. Del ex primer ministro británico Tony Blair llegó a decir que era un "criminal de guerra". Se unió a la banda Blur y al cineasta Ken Loach (Tierra y libertad) para enviar al Gobierno británico una carta de oposión a la invasión de Irak en 2003. Y de Estados Unidos habló como un país "dirigido por una pandilla de delincuentes".

Sus trabajos para la pequeña y la gran pantalla incluyen el guión de la película La mujer del teniente francés (1981), basada en la novela homónima de John Fowles, además de numerosas adaptaciones de sus propias obras para la televisión y la radio.

Hombre de teatro nato

Pinter nació en una familia judía del barrio londinense de Hackney. Sus abuelos se exiliaron en Reino Unido tras huir de la persecución política en Polonia y Odessa (Ucrania). Le interesó la interpretación desde muy joven, cuando también se manifestó su activismo político. Ya en 1948 alegó objeción de conciencia para negarse a cumplir el servicio militar.

El genio teatral tuvo un hijo, Daniel, fruto de su matrimonio con la actriz Vivien Merchant, de quien se divorció en 1980 para casarse con Antonia Fraser. Poco amigo de los eruditos tendentes al exceso interpretativo de sus obras, Harold Pinter dejó dicho que su vida literaria no fue más que "una vida de placer, desafío y entusiasmo".

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Discurso del Premio Nobel de Literatura 2005 Harold Pinter presentado en vídeo el 7 de diciembre ante la Academia Sueca. Pese a los años pasados sus reflexiones siguen plenamente vigentes. Traducción: Lectores del blog Escolar.net
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“Los crímenes de Estados Unidos han sido sistemáticos, constantes, inmorales, despiadados, pero muy pocas personas han hablado de ellos”

En 1958, escribí lo siguiente:

“No hay grandes diferencias entre realidad y ficción, ni entre lo verdadero y lo falso. Una cosa no es necesariamente verdadera o falsa; puede ser al mismo tiempo verdadera y falsa”.

Creo que estas afirmaciones aún tienen sentido, y aún se aplican a la exploración de la realidad a través del arte. Así que, como escritor, las mantengo, pero como ciudadano no puedo; como ciudadano he de preguntar: ¿qué es verdad?, ¿qué es mentira?

La verdad en el arte dramático es siempre esquiva. Uno nunca la encuentra del todo, pero su búsqueda llega a ser compulsiva. Claramente, es la búsqueda lo que motiva el empeño. Tu tarea es la búsqueda. De vez en cuando, te tropiezas con la verdad en la oscuridad, chocando con ella o capturando una imagen fugaz o una forma que parece tener relación con la verdad, muy frecuentemente sin que te hayas dado cuenta de ello. Pero la auténtica verdad es que en el arte dramático no hay tal cosa como una verdad única. Hay muchas. Y cada una de ellas se enfrenta a la otra, se alejan, se reflejan entre sí, se ignoran, se burlan la una de la otra, son ciegas a su mera existencia. A veces, sientes que tienes durante un instante la verdad en la mano para que, a continuación, se te escabulla entre los dedos y se pierda.

Me han preguntado con frecuencia cómo nacen mis obras teatrales. No sé cómo explicarlo. Como tampoco puedo resumir mis obras, a menos que explique qué ocurre en ellas. Esto es lo que dicen. Esto es lo que hacen.

Casi todas las obras nacen de una frase, una palabra o una imagen. A la palabra le sigue rápidamente una imagen. Os daré dos ejemplos de dos frases que aparecieron en mi cabeza de la nada, seguidas por una imagen, seguidas por mí.

Las obras son “The Homecoming” (“La vuelta a casa”) y “Old times” (“Viejos tiempos”). La primera frase de “The Homecoming” es “¿Qué has hecho con las tijeras?”. La primera frase de “Old times” es “Oscuro”.

En ninguno de los casos disponía de más información.

En el primer caso alguien estaba, obviamente, buscando unas tijeras, y preguntaba por su paradero a otro de quien sospechaba que probablemente las había robado. Pero, de alguna manera, yo sabía que a la persona interrogada le importaban un bledo tanto las tijeras como el interrogador.

En “Oscuro”, tomé la descripción del pelo de alguien, el pelo de una mujer, y era la respuesta a una pregunta. En ambos casos me encontré obligado a continuar. Ocurrió visualmente, en una muy lenta graduación, de la sombra hacia la luz.

Siempre comienzo una obra llamando a los personajes A, B y C.

En la obra que acabaría convirtiéndose en “The Homecoming”, vi a un hombre entrar en una habitación austera y hacerle la pregunta a un hombre más joven sentado en un feo sofá con un periódico de carreras de caballos. De alguna forma sospechaba que A era un padre y que B era su hijo, pero no tenía la certeza. Esta posibilidad se confirmaría sin embargo poco después cuando B (que más adelante se convertiría en Lenny) le dice a A (más adelante convertido en Max), “Papá, ¿te importa si cambiamos de tema de conversación? Te quiero preguntar algo. Lo que cenamos antes, ¿cómo se llama? ¿Cómo lo llamas tú? ¿Por qué no te compras un perro? Eres un chef de perros. De verdad. Crees que estás cocinando para perros”. De manera que como B le llama a A “Papá” me pareció razonable asumir que eran padre e hijo. A era claramente el cocinero y su comida no parecía ser muy valorada. ¿Significaba esto que no había una madre? Eso aún no lo sabía. Pero, como me dije a mí mismo entonces, nuestros principios nunca saben de nuestros finales.

“Oscuro”. Una gran ventana. Un cielo al atardecer. Un hombre, A (que se convertiría en Deeley), y una mujer, B (que luego sería Kate) sentados con unas bebidas. ¿Gorda o flaca?, pregunta el hombre. ¿De quién hablan? Pero entonces veo, de pie junto a la ventana, a una mujer, C (que sería Anna), iluminada por una luz diferente, de espaldas a ellos, con el pelo oscuro.

Es un momento extraño, el momento de crear unos personajes que hasta el momento no han existido. Todo lo que sigue es irregular, vacilante, incluso alucinatorio, aunque a veces puede ser una avalancha imparable. La posición del autor es rara. De alguna manera no es bienvenido por los personajes. Los personajes se le resisten, no es fácil convivir con ellos, son imposibles de definir. Desde luego no puedes mandarles. Hasta un cierto punto, puedes jugar una partida interminable con ellos al gato y al ratón, a la gallina ciega, al escondite. Pero finalmente encuentras que tienes a personas de carne y hueso en tus manos, personas con voluntad y con sensibilidades propias, hechas de partes que eres incapaz de cambiar, manipular o distorsionar.

Así que el lenguaje en el arte es una ambiciosa transacción, unas arenas movedizas, un trampolín, un estanque helado que se puede abrir bajo tus pies, los del autor, en cualquier momento.

Pero, como he dicho, la búsqueda de la verdad no se puede detener nunca. No puede aplazarse, no puede retrasarse. Hay que hacerle frente, ahí mismo, en el acto.

El teatro político presenta una variedad totalmente distinta de problemas. Hay que evitar los sermones a toda costa. Lo esencial es la objetividad. Hay que dejar a los personajes que respiren por su cuenta. El autor no ha de confinarlos ni restringirlos para que satisfagan sus propios gustos, disposiciones o prejuicios. Ha de estar preparado para acercarse a ellos desde una variedad de ángulos, desde un surtido amplio y desinhibido de perspectivas que resulten. Quizá, de vez en cuando, cogerlos por sorpresa, pero a pesar de todo, dándoles la libertad para ir allí donde deseen. Esto no siempre funciona. Y, por supuesto, la sátira política no se adhiere a ninguno de estos preceptos. De hecho, hace precisamente lo contrario, que es su auténtica función.

En mi obra “The Birthday Party” (“La fiesta de cumpleaños”) creo que permito el funcionamiento de un amplio abanico de opciones en un denso bosque de posibilidades antes de concentrarme finalmente en un acto de dominación.

“Mountain Language” (“El lenguaje de la montaña”) no aspira a esa amplitud de funcionamiento. Es brutal, breve y desagradable. Pero los soldados en la obra sí que se divierten con ello. Uno a veces olvida que los torturadores se aburren fácilmente. Necesitan reírse de vez en cuando para mantener el ánimo. Este hecho ha sido confirmado naturalmente por lo que ocurrió en Abu Ghraib en Bagdad. “Mountain Language” sólo dura 20 minutos, pero podría continuar hora tras hora, una y otra y otra vez, repetirse de nuevo lo mismo de forma continua, una y otra vez, hora tras hora.

“Ashes to ashes” (“Polvo eres”), por otra parte, me da la impresión de que transcurre bajo el agua. Una mujer que se ahoga, su mano que emerge sobre las olas intentando alcanzar algo, que se hunde y desaparece, buscando a otros, pero sin encontrar a nadie, ya sea por encima o por debajo del agua, encontrando únicamente sombras, reflejos, flotando; la mujer es una figura perdida en un paisaje que las aguas están cubriendo, una mujer incapaz de escapar de la catástrofe que parecía que sólo afectaba a otros.

Pero, de la misma forma que ellos murieron, ella también ha de morir.

El lenguaje político, tal como lo usan los políticos, no se adentra en ninguno de estos territorios dado que la mayoría de los políticos, según las evidencias de que disponemos, no están interesados en la verdad sino en el poder y en conservar ese poder. Para conservar ese poder es necesario mantener al pueblo en la ignorancia, que las gentes vivan sin conocer la verdad, incluso la verdad sobre sus propias vidas. Lo que nos rodea es un enorme entramado de mentiras, de las cuales nos alimentamos.

Como todo el mundo aquí sabe, la justificación de la invasión de Irak era que Sadam Hussein tenía en su posesión un peligrosísimo arsenal de armas de destrucción masiva, algunas de las cuales podían ser lanzadas en 45 minutos y provocar una espeluznante destrucción. Nos aseguraron que eso era cierto. No era cierto. Nos contaron que Irak mantenía una relación con Al Qaeda y que era en parte responsable de la atrocidad que ocurrió en Nueva York el 11 de Septiembre de 2001. Nos aseguraron que esto era cierto. No era cierto. Nos contaron que Irak era una amenaza para la seguridad del mundo. Nos aseguraron que era cierto. No era cierto.

La verdad es algo completamente diferente. La verdad tiene que ver con la forma en la que Estados Unidos entiende su papel en el mundo y cómo decide encarnarlo.

Pero antes de volver al presente me gustaría mirar al pasado reciente, me refiero a la política exterior de Estados Unidos desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Creo que es nuestra obligación someter esta época a cierta clase de escrutinio, aunque sea de una manera incompleta, que es todo lo que nos permite el tiempo que tenemos.

Todo el mundo sabe lo que ocurrió en la Unión Soviética y por toda la Europa del Este durante el periodo de posguerra: la brutalidad sistemática, las múltiples atrocidades, la persecución sin piedad del pensamiento independiente. Todo ello ha sido ampliamente documentado y verificado.

Pero lo que yo pretendo mostrar es que los crímenes de los EUA en la misma época sólo han sido registrados de forma superficial, no digamos ya documentados, o admitidos, o reconocidos siquiera cómo crímenes. Creo que esto hay que solucionarlo y que la verdad sobre este asunto tiene mucho que ver con la situación en la que se encuentra el mundo actualmente. Aunque limitadas, hasta cierto punto, por la existencia de la Unión Soviética, las acciones de los Estados Unidos a lo ancho y largo del mundo dejaron claro que habían decidido que tenían carta blanca para hacer lo que quisieran.

La invasión directa de un estado soberano nunca ha sido el método favorito de Estados Unidos. En la mayoría de los casos, han preferido lo que ellos han descrito como “conflicto de baja intensidad”. Conflicto de baja intensidad significa que miles de personas mueren pero más lentamente que si lanzases una bomba sobre ellos de una sola vez. Significa que infectas el corazón del país, que estableces un tumor maligno y observas el desarrollo de la gangrena. Cuando el pueblo ha sido sometido —o molido a palos, que viene a ser lo mismo— y tus propios amigos, los militares y las grandes corporaciones, se sientan confortablemente en el poder, tú te pones frente a la cámara y dices que la democracia ha prevalecido. Esto fue lo normal en la política exterior de los Estados Unidos durante los años de los que estoy hablando.

La tragedia de Nicaragua fue un ejemplo muy significativo. La escogí para exponerla aquí como un ejemplo claro de cómo ve Estados Unidos su papel en el mundo, tanto entonces como ahora.

Yo estuve presente en una reunión en la embajada de los EUA en Londres a finales de los 80.

El Congreso de Estados Unidos estaba a punto de decidir si dar más dinero a la Contra para su campaña contra el estado de Nicaragua. Yo era un miembro de una delegación que venía a hablar en nombre de Nicaragua, pero la persona más importante en esta delegación era el Padre John Metcalf. El líder del grupo de EUA era Raymond Seitz (por aquel entonces el ayudante del embajador, más tarde él mismo sería embajador). El Padre Metcalf dijo: “Señor, dirijo una parroquia en el norte de Nicaragua. Mis feligreses construyeron una escuela, un centro de salud, un centro cultural. Vivíamos en paz. Hace unos pocos meses un grupo de la Contra atacó la parroquia. Lo destruyeron todo: la escuela, el centro de salud, el centro cultural. Violaron a las enfermeras y las maestras, asesinaron a los médicos, de la forma más brutal. Se comportaron como salvajes. Por favor, exija que el gobierno de EUA retire su apoyo a esta repugnante actividad terrorista”.

Raymond Seitz tenía muy buena reputación como hombre racional, responsable y altamente sofisticado. Era muy respetado en los círculos diplomáticos. Escuchó, hizo una pausa, y entonces habló con gravedad. “Padre”, dijo, “déjame decirte algo. En la guerra, la gente inocente siempre sufre”. Hubo un frío silencio. Le miramos. Él no parpadeó.

La gente inocente, en realidad, siempre sufre.

Finalmente alguien dijo: “Pero en este caso ‘las personas inocentes’ fueron las víctimas de una espantosa atrocidad subvencionada por su gobierno, una entre muchas. Si el Congreso concede a la Contra más dinero, tendrán lugar más atrocidades de esta clase. ¿No es así? ¿No es por tanto su gobierno culpable de apoyar actos de asesinato y destrucción contra los ciudadanos de un estado soberano?

Seitz se mantuvo imperturbable. “No estoy de acuerdo con que los hechos tal como han sido presentados apoyen sus afirmaciones”. dijo.

Mientras abandonábamos la embajada un asistente estadounidense me dijo que había disfrutado con mis obras. No le respondí.

Debo recordarles que el entonces presidente, Reagan, hizo la siguiente declaración: “La Contra es el equivalente moral a nuestros Padres Fundadores”.

Los Estados Unidos apoyaron la brutal dictadura de Somoza en Nicaragua durante 40 años. El pueblo nicaragüense, guiado por los sandinistas, derrocó este régimen en 1979, una impresionante revolución popular.

Los sandinistas no eran perfectos. Tenían una claro componente de arrogancia y su filosofía política contenía un cierto número de elementos contradictorios. Pero eran inteligentes, racionales y civilizados. Se propusieron conseguir una sociedad estable, decente y plural. La pena de muerte fue abolida. Cientos de miles de campesinos pobres fueron librados de una muerte segura. A unas 100.000 familias se le dieron títulos de propiedad sobre tierras. Se construyeron dos mil escuelas. Una notable campaña educativa redujo el analfabetismo en el país a menos de una séptima parte. Se establecieron una educación y un servicio de salud gratuitos. La mortalidad infantil se redujo en una tercera parte. La polio fue erradicada.

Los Estados Unidos denunciaron estos logros como una subversión marxista/leninista. Desde el punto de vista del gobierno de los Estados Unidos, se estaba estableciendo un ejemplo peligroso. Si a Nicaragua se le permitía fijar normas básicas de justicia social y económica, si se le permitía incrementar los niveles de salud y educación y alcanzar una unidad social y un respeto nacional propio, los países vecinos se plantearían las mismas cuestiones y harían lo mismo. En ese momento había por supuesto una feroz resistencia al status quo en el Salvador.

He hablado anteriormente de “un entramado de mentiras” que nos rodea. El presidente Reagan describía habitualmente a Nicaragua como un “calabozo totalitario”. Esto fue aceptado de forma general por los medios, y por supuesto por el gobierno británico, como un comentario acertado e imparcial. Pero lo que ocurre es que, bajo el gobierno sandinista, no estaba documentada la existencia de escuadrones de la muerte . No había constancia de torturas. No estaba probada la existencia de una brutalidad sistemática u oficial por parte de los militares. Ningún sacerdote fue asesinado en Nicaragua. De hecho, había tres sacerdotes en el gobierno, dos jesuitas y un misionero Maryknoll. Los calabozos totalitarios estaban en realidad muy cerca, en El Salvador y en Guatemala. Los Estados Unidos habían hecho caer en 1954 al gobierno elegido democráticamente en Guatemala y se calcula que unas 200.000 personas habían sido víctimas de las sucesivas dictaduras militares.

Seis de los más eminentes jesuitas del mundo fueron asesinados brutalmente en la Universidad de Centro América en San Salvador en 1989 por un batallón del regimiento Alcatl entrenado en Fort Benning, Georgia, EUA. Un hombre extremadamente valiente, el arzobispo Romero, fue asesinado mientras se dirigía a la gente. Se calcula que murieron 75.000 personas. ¿Por qué fueron asesinadas? Fueron asesinadas porque creían que una vida mejor era posible y que debía conseguirse. Esta creencia los convirtió de forma inmediata en comunistas. Murieron porque se atrevieron a cuestionar el status quo, la interminable situación de pobreza, enfermedad, degradación y opresión que habían recibido como herencia.

Los Estados Unidos finalmente hicieron caer el gobierno sandinista. Tardaron varios años y hubo una resistencia considerable, pero una persecución económica implacable y 30.000 muertos al final minaron la moral del pueblo nicaragüense. Exhaustos y condenados a la pobreza una vez más. Los casinos volvieron al país, la salud y la educación gratuita se acabaron. Las grandes empresas volvieron en mayor número. La “Democracia” había prevalecido.

Pero esta “política” no se limitó, de ninguna manera, a Centroamérica. Se realizó a lo largo y ancho del mundo. No tenía final. Y ahora es como si nunca hubiese sucedido.

Los Estados Unidos apoyaron y en algunos casos crearon todas las dictaduras militares de derechas en el mundo tras el final de la Segunda Guerra Mundial. Me refiero a Indonesia, Grecia, Uruguay, Brasil, Paraguay, Haití, Turquía, Filipinas, Guatemala, El Salvador, y, por supuesto, Chile. El horror que los Estados Unidos infligieron a Chile en 1973 no podrá ser nunca purgado ni olvidado.

Cientos de miles de muertes tuvieron lugar en todos estos países. ¿Tuvieron lugar? ¿Son todas esas muertes atribuibles a la política exterior estadounidense? La respuesta es sí, tuvieron lugar y son atribuibles a la política exterior estadounidense. Pero ustedes no lo sabrían.

Esto nunca ocurrió. Nunca ocurrió nada. No ocurrió ni siquiera mientras estaba ocurriendo. No importaba. No era de interés. Los crímenes de Estados Unidos han sido sistemáticos, constantes, inmorales, despiadados, pero muy pocas personas han hablado de ellos. Esto es algo que hay que reconocerle a los Estados Unidos. Han ejercido su poder a través del mundo sin apenas dejarse llevar por las emociones mientras pretendían ser una fuerza al servicio del bien universal. Ha sido un brillante ejercicio de hipnosis, incluso ingenioso, y ha tenido un gran éxito.

Os digo que Estados Unidos son sin duda el mayor espectáculo ambulante. Pueden ser brutales, indiferentes, desdeñosos y bárbaros, pero también son muy inteligentes. Como vendedores no tienen rival, y la mercancía que mejor venden es el amor propio. Es un gran éxito. Escuchen a todos los presidentes de Estados Unidos en la televisión usando las palabras, “el pueblo americano”, como en la frase, “Le digo al pueblo americano que es la hora de rezar y defender los derechos del pueblo americano y le pido al pueblo americano que confíe en su presidente en la acción que va a tomar en beneficio del pueblo americano”.

Es una estratagema brillante. El lenguaje se usa hoy en día para mantener controlado al pensamiento. Las palabras “el pueblo americano” producen un cojín de tranquilidad verdaderamente sensual. No necesitas pensar. Simplemente échate sobre el cojín. El cojín puede estar sofocando tu inteligencia y tu capacidad crítica pero es muy cómodo. Esto no funciona, por supuesto, para los 40 millones de personas que viven bajo la línea de pobreza y los dos millones de hombres y mujeres prisioneras en los vastos “gulags” de las cárceles, que se extienden a lo largo de todo Estados Unidos.

Estados Unidos ya no se preocupa por los conflictos de baja intensidad. No ven ningún interés en ser reticentes o disimulados. Ponen sus cartas sobre la mesa sin miedo ni favor. Sencillamente les importan un bledo las Naciones Unidas, la legalidad internacional o el desacuerdo crítico, que juzgan impotentes e irrelevantes. Tienen su propio perrito faldero acurrucado detrás de ellos, la patética y supina Gran Bretaña.

¿Qué le ha pasado a nuestra sensibilidad moral? ¿La hemos tenido alguna vez? ¿Qué significan estas palabras? ¿Se refieren a un termino muy raramente utilizado estos días – conciencia? ¿Una conciencia para usar no sólo con nuestros propios actos sino para usar también con nuestra responsabilidad compartida en los actos de los demás? ¿Está todo muerto? Mirad Guantánamo. Cientos de personas detenidas sin cargos a lo largo de tres años, sin representación legal ni un juicio conveniente, técnicamente detenidos para siempre. Esta estructura totalmente ilegal se mantiene como un desafío a la convención de Ginebra. Esto no es sólo tolerado sino que es difícilmente planteado por lo que se llama “la comunidad internacional”. Esta atrocidad criminal la comete un país, que se declara a sí mismo “el líder del mundo libre”. ¿Pensamos en los habitantes de la bahía de Guantánamo? ¿Qué es lo que dicen los medios? Lo reseñan ocasionalmente —una pequeña mención en la página seis. Ellos han sido consignados a una tierra de nadie de la que, por cierto, puede que nunca regresen. En la actualidad muchos están en huelga de hambre, alimentados a la fuerza, incluidos los residentes británicos. No hay sutilezas en estos procesos de alimentación. Ni sedaciones ni anestésicos. Solo un tubo insertado en tu nariz y dentro de tu garganta. Tú vomitas sangre. Esto es tortura. ¿Qué ha dicho la secretaria británica de Exteriores sobre esto? Nada. ¿Qué ha dicho el primer ministro británico sobre esto? Nada ¿Por qué no? Porque los Estados Unidos han dicho: criticar nuestra conducta en la bahía de Guantánamo constituye un acto poco amistoso. O estáis con nosotros o contra nosotros. Así que Blair se calla.

La invasión de Irak ha sido un acto de bandidos, un evidente acto de terrorismo de estado, demostrando un desprecio absoluto por el concepto de leyes internacionales. La invasión fue una acción militar arbitraria basada en una serie de mentiras sobre mentiras y burda manipulación de los medios y, por consiguiente, del público; un acto con la intención de consolidar el control económico y militar de Estados Unidos sobre Oriente Medio camuflado – como ultimo recurso – todas las otras justificaciones han caído por ellas mismas – como una liberación. Una formidable aseveración de la fuerza militar responsable de la muerte y mutilación de cientos y cientos de personas inocentes.

Hemos traído tortura, bombas racimo, uranio empobrecido, innumerables actos de muerte aleatoria, miseria, degradación y muerte para el pueblo Iraquí y lo llamamos “llevar la libertad y la democracia a Oriente Medio”

¿Cuánta gente tienes que matar antes de ser considerado un asesino de masas y un criminal de guerra? ¿Cien mil? Más que suficiente, habría pensado yo. Por eso es justo que Bush y Blair sean procesados por el Tribunal Penal Internacional. Pero Bush ha sido listo. No ha ratificado al Tribunal Penal Internacional. Por eso si un soldado o político americano es arrestado Bush ha advertido que enviaría a los marines. Pero Tony Blair ha ratificado el Tribunal y por eso se le puede perseguir. Podemos proporcionarle al Tribunal su dirección si está interesado. Es el número 10 de Downing Street, Londres.

La muerte en este contexto es irrelevante. Ambos, Bush y Blair colocan la muerte bien lejos, en los números atrasados. Al menos 100.000 iraquíes murieron por las bombas y misiles americanos antes de que la insurgencia iraquí empezase. Estas personas no existen ahora. Sus muertes no existen. Son espacios en blanco. Ni siquiera han sido registrados como muertos. “No hacemos recuento de cuerpos”, dijo el general americano Tommy Franks.

Al inicio de la invasión se publicó en la portada de los periódicos británicos una fotografía de Tony Blair besando la mejilla de un niño iraquí. “Un niño agradecido” decía el pie de foto. Unos días después apareció una historia con una fotografía, en una página interior, de otro niño de cuatro años sin brazos. Su familia había sido alcanzada por un misil. Él fue el único superviviente. “¿Cuando recuperaré mis brazos?” preguntaba. La historia desapareció. Bien, Tony Blair no lo tenía en sus brazos, tampoco el cuerpo de ningún otro niño mutilado, ni el de ningún cadáver ensangrentado. La sangre es sucia. Ensucia tu camisa y tu corbata cuando te encuentras dando un discurso sincero en televisión.

Los 2000 americanos muertos son una vergüenza. Son transportados a sus tumbas en la oscuridad. Los funerales son discretos, fuera de peligro. Los mutilados se pudren en sus camas, algunos para el resto de sus vidas. Así los muertos y los mutilados se pudren, en diferentes tipos de tumbas.

He aquí un extracto del poema de Pablo Neruda: “Explico algunas cosas”:

Y una mañana todo estaba ardiendo
y una mañana las hogueras
salían de la tierra
devorando seres,
y desde entonces fuego,
pólvora desde entonces,
y desde entonces sangre.
Bandidos con aviones y con moros,
bandidos con sortijas y duquesas,
bandidos con frailes negros bendiciendo
venían por el cielo a matar niños,
y por las calles la sangre de los niños
corría simplemente, como sangre de niños
Chacales que el chacal rechazaría,
piedras que el cardo seco mordería escupiendo,
víboras que las víboras odiaran!
Frente a vosotros he visto la sangre
de España levantarse
para ahogaros en una sola ola
de orgullo y de cuchillos!
Generales
traidores:
mirad mi casa muerta,
mirad España rota:
pero de cada casa muerta sale metal ardiendo
en vez de flores,
pero de cada hueco de España
sale España,
pero de cada niño muerto sale un fusil con ojos,
pero de cada crimen nacen balas
que os hallarán un día el sitio
del corazón.
Preguntaréis por qué su poesía
no nos habla del sueño, de las hojas,
de los grandes volcanes de su país natal?
Venid a ver la sangre por las calles,
venid a ver
la sangre por las calles,
venid a ver la sangre
por las calles!

Quisiera dejar claro que citando el poema de Neruda no estoy comparando de ninguna manera la República Española con el Irak de Saddam Hussein. Cito a Neruda porque en ningún otro sitio de la lírica contemporánea leí una descripción más insistente y cierta del bombardeo contra civiles.

He dicho antes que los Estados Unidos están ahora siendo totalmente francos poniendo las cartas sobre la mesa. Éste es el caso. Su política oficial es hoy en día definida como “Dominio sobre todo el espectro”. Ése no es mi término, es el suyo. “Dominio sobre todo el espectro” quiere decir control de la tierra, mar, aire y espacio y todos sus recursos.

Los Estados Unidos ahora ocupan 702 bases militares a lo largo del mundo en 132 países, con la honorable excepción de Suecia, por supuesto. No sabemos muy bien como han llegado a estar ahí pero de hecho están ahí.

Los Estados Unidos poseen 8000 cabezas nucleares activas y usables. Dos mil están en sus disparaderos, alerta, listas para ser lanzadas 15 minutos después de una advertencia. Están desarrollando nuevos sistemas de fuerza nuclear, conocidos como “destructores de búnkeres”. Los británicos, siempre cooperativos, están intentando reemplazar su propio misil nuclear, Trident. ¿A quién, me pregunto, están apuntando? ¿A Osama Bin Laden? ¿A ti? ¿A mí? ¿A mi vecino? ¿China? ¿París? Quién sabe. Lo que sí sabemos es que esta locura infantil —la posesión y uso en forma de amenazas de armas nucleares— constituye el meollo de la actual filosofía política de Estados Unidos. Debemos recordarnos a nosotros mismos que Estados Unidos está en una continua misión militar y no muestra indicios de aminorar el paso.

Muchos miles, si no millones, de personas en los propios Estados Unidos están demostrablemente asqueadas, avergonzadas y enfadadas por las acciones de su gobierno, pero, tal y como están las cosas, no son una fuerza política coherente —todavía. Pero la ansiedad, la incertidumbre y el miedo que podemos ver crecer cada día en los Estados Unidos no es probable que disminuya.

Sé que el presidente Bush tiene algunos escritores de discursos muy competentes pero quisiera prestarme voluntario para el puesto. Propongo el siguiente discurso breve que él podría leer en televisión a la nación. Le veo solemne, con el pelo cuidadosamente peinado, serio, confiado, sincero, frecuentemente seductor, a veces empleando una sonrisa irónica, curiosamente atractiva, un auténtico macho.

“Dios es bueno. Dios es grande. Dios es bueno. Mi Dios es bueno. El Dios de Bin Laden es malo. El suyo es un mal Dios. El Dios de Saddam también era malo, aunque no tuviera ninguno. Él era un bárbaro. Nosotros no somos bárbaros. Nosotros no decapitamos a la gente. Nosotros creemos en la libertad. Dios también. Yo no soy bárbaro. Yo soy el líder democráticamente electo de una democracia amante de la libertad. Somos una sociedad compasiva. Electrocutamos de forma compasiva y administramos una compasiva inyección letal. Somos una gran nación. Yo no soy un dictador. Él, sí. Yo no soy un bárbaro. Él, sí. Y aquél otro, también. Todos lo son. Yo tengo autoridad moral. ¿Ves mi puño? Esta es mi autoridad moral. Y no lo olvides”

La vida de un escritor es extremadamente vulnerable, apenas una actividad desnuda. No tenemos que llorar por ello. El escritor hace su elección y queda atrapado en ella. Pero es cierto que estás expuesto a todos los vientos, alguno de ellos en verdad helados. Estás solo, por tu cuenta. No encuentras refugio, ni protección —a menos que mientas— en cuyo caso, por supuesto, te habrás construido tu propia protección y, podría decirse, te habrás vuelto un político.

Me he referido un par de veces esta tarde a la muerte. Voy a citar ahora un poema mío llamado “Muerte”:

¿Dónde se halló el cadáver?
¿Quién lo encontró?
¿Estaba muerto cuando lo encontraron?
¿Cómo lo encontraron?
¿Quién era el cadáver?
¿Quién era el padre o hija, o hermano
o tío o hermana o madre o hijo
del cadáver abandonado?
¿Estaba muerto el cuerpo cuando fue abandonado?
¿Fue abandonado?
¿Quién lo abandonó?
¿Estaba el cuerpo desnudo o vestido para un viaje?
¿Qué le hizo declarar muerto al cadáver?
¿Fue usted quien declaró muerto al cadáver?
¿Cómo de bien conocía el cadáver?
¿Cómo sabía que estaba muerto el cadáver?
¿Lavó el cadáver?
¿Le cerró ambos ojos?
¿Enterró el cuerpo?
¿Lo dejó abandonado?
¿Le dio un beso al cadáver?

Cuando miramos un espejo pensamos que la imagen que nos ofrece es exacta. Pero si te mueves un milímetro la imagen cambia. Ahora mismo, nosotros estamos mirando un círculo de reflejos sin fin. Pero a veces el escritor tiene que destrozar el espejo —porque es en el otro lado del espejo donde la verdad nos mira a nosotros.

Creo que, a pesar de las enormes dificultades que existen, una firme determinación, inquebrantable, sin vuelta atrás, como ciudadanos, para definir la auténtica verdad de nuestras vidas y nuestras sociedades es una necesidad crucial que nos afecta a todos. Es, de hecho, una obligación.

Si una determinación como ésta no forma parte de nuestra visión política, no tenemos esperanza de restituir lo que casi hemos perdido —la dignidad como personas.

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hirimotu2 dijo

EDUARDO MENDOZA
Aceptación

EDUARDO MENDOZA 19/12/2005

En su enardecido discurso de aceptación del Premio Nobel, Harold Pinter expone sin rodeos unas opiniones radicales cuyo contenido no ofrece duda, para sorpresa de quienes no hemos seguido su trayectoria personal, pero sí su teatro, hecho de silencios, sobreentendidos y ambigüedades. En las obras de Harold Pinter siempre quedan puertas abiertas a interpretaciones contrapuestas, cabos deliberadamente sueltos, la posibilidad de que lo que acabamos de ver no haya sucedido como nos ha sido contado, sino de otro modo; incluso de que no haya sucedido nunca. Fragmentos de fragmentos apenas entrevistos, que no están pidiendo aclaración, sino conjetura. Ahora, en el crepúsculo de su carrera literaria, el discurso de aceptación nos brinda una clave para reinterpretar una parte de su obra en términos políticos. O tal vez no.

Noventa años atrás, otro dramaturgo, destinado también a recibir en breve el Premio Nobel, hace lo contrario. El 18 de mayo de 1916 don Jacinto Benavente estrena en el teatro Lara de Madrid La ciudad alegre y confiada, continuación de Los intereses creados, aunque algo inferior a ésta según los críticos de entonces, un matiz difícil de apreciar para el lector de hoy. Sea como sea, el estreno viene precedido de gran expectación, porque Europa está en guerra y España, que se mantiene neutral, está dividida en dos bloques irreconciliables: los germanófilos y los aliadófilos. Benavente pertenece al primero; Unamuno, al segundo. Y ha corrido la voz de que en La ciudad alegre y confiada, obra de carácter claramente alegórico, el ilustre dramaturgo expondrá su opinión sobre este grave asunto. El estreno, sin embargo, no resulta en el enfrentamiento previsible, sino, como es habitual, en un éxito clamoroso de público, porque en la fría ironía que vela los argumentos de la comedia, todos creen ver la confirmación de su propia postura. Ni siquiera la notoria actitud del autor impide que cada espectador vea reflejadas en el escenario sus emociones y sus certezas.

Estos días, en el tinglado de la antigua farsa reunido en Estocolmo, una audiencia cortés y encorsetada escucha con beneplácito la filípica de Harold Pinter y aplaude entusiasmada lo que considera, a fin de cuentas, un brioso discurso de aceptación.

© Diario EL PAÍS S.L.

hirimotu2 dijo

ANÁLISIS: UNA VOZ CRÍTICA Y PROVOCADORA
La radicalidad de un guionista
Filmes como 'El sirviente' revelan su maestría como autor para el cine

DIEGO GALÁN - Madrid - 14/10/2005

Se ha dicho repetidas veces que las obras de Harold Pinter mejoran cuando son adaptadas al cine. O que los textos que él ha escrito directamente para la pantalla adquieren matices nuevos o más penetrantes. Puede que ello sea cierto ya que el mundo creativo de Pinter se expresa a través de sugerencias, de insinuaciones, en ocasiones incluso a través de diálogos de apariencia intrascendente. Baste recordar obras maestras como El sirviente, El mensajero o Accidente, las tres llevadas al cine por Joseph Losey: en ellas, la tragedia está embozada, sin que sus víctimas se aperciban, hasta que finalmente estalla con crudeza. Tal como ocurre en La mujer del teniente francés (Karel Reisz, 1981) o en El riesgo de la traición (David Hugh Jones, 1983), películas por las que fue finalista en los Oscar al mejor guión.

Algunos especialistas observan que la superior calidad de los guiones de Pinter respecto a sus textos teatrales (como, entre otras, El último magnate, de Elia Kazan, o El vigilante, de Clive Donner, basada ésta en su obra teatral El cuidador), estriba en su dificultad para desarrollar diálogos complejos por culpa de su tardío aprendizaje del inglés. Sin embargo, tenía sólo 27 años cuando estrenó su primera obra sobre un escenario (La habitación) y fue reconocido desde entonces como uno de los baluartes de la generación de los Jóvenes Airados. Tres años más tarde fue reclamado por la televisión, para la que escribió diversos guiones originales, y poco después por Losey, que lograría hacer con los guiones de Pinter sus películas más emblemáticas.
Pinter fue tentado por la dirección cinematográfica (Butley, en 1974, con Alan Bates y Jessica Tandy), y también por la televisión, para la que ha dirigido otros tres largometrajes. Asimismo ha intervenido eventualmente como actor en papeles secundarios y no siempre en películas escritas por él, como por ejemplo en El sastre de Panamá, de John Boorman (2001), su última aparición en la pantalla hasta la fecha. Dado que ha anunciado que no piensa escribir más teatro, es posible que encuentre de nuevo en el cine la forma de expresión más adecuada para desarrollar su intenso combate contra los políticos mediocres y embusteros, y sobre las trampas de la moral burguesa, tema éste último esencial en sus guiones para el cine.

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Pinter defiende la poesía como forma de expresar su malestar
El Nobel se encuentra con su público

LOURDES GÓMEZ - Londres - 22/10/2005

Harold Pinter, Nobel de Literatura 2005, decidió este año abandonar la dramaturgia para centrarse casi en exclusiva en la poesía. Es un género que cultiva desde su juventud y al que recurre, en la madurez de sus 75 años recién cumplidos, para denunciar con sutileza y sarcasmo la línea política de los Gobiernos estadounidense y británico. "Llevo toda la vida escribiendo poemas. La poesía es, para mí, un modo natural de expresión y la forma más apropiada para expresar mi repugnancia, que es muy fuerte, y mi horror", dijo la noche del jueves en su primer encuentro con el público en el teatro Royal Court, de Londres, tras conocerse su designación al prestigioso galardón internacional.

"La única forma de preservar la dignidad es oponiéndose, resistiendo. No es fácil responder a la situación actual sin abusar de los clichés. Me supone un reto constante. Hay que tener muy claro adónde quieres llegar y qué quieres expresar", añadió en el curso de una velada de lecturas de poemas y prosa en protesta contra la guerra de Irak que culminó en una conversación entre el dramaturgo inglés y el director de la institución, Ian Rickson.

Frágil, con la voz afectada por un cáncer de esófago diagnosticado en 2001, Pinter hizo gala de buen humor en su retorno al Royal Court. Mantiene una estrecha relación con la principal cuna y cantera de dramaturgos internacionales, que celebra el año próximo el 50º aniversario de su fundación. "No le gustaron mis obras", rememoró acerca del primer director artístico, el celebrado George Devine. Son aguas pasadas y Pinter quiere participar activamente en los festejos. Tiene previsto subir al mismo estrado para interpretar el monólogo Krapp's Last tape, de Samuel Beckett, uno de los autores que más influyó en su carrera artística.

"La prensa me describe estos días de 'viejo airado', lo cual me parece displicente. Mi ira me viene de niño y está basada en hechos, en hechos reales. En 1949, con 18 años, fui objetor de conciencia en protesta contra la determinación de los poderes occidentales por ir a la III Guerra Mundial. No quería involucrarme en semejante locura de la raza humana. Acababan de morir millones de personas en la II Guerra Mundial y ya estaban preparándonos para el próximo conflicto", justificó.

En los últimos años, su ira se vuelca en el presidente George W. Bush y el primer ministro británico, Tony Blair. "Estoy preparado a llamar mentiroso a Blair. Nos ha mentido sobre la guerra, sobre la invasión de Irak", denunció. Y añadió en modo de advertencia: "Físicamente no estoy muy bien, pero mi inteligencia crítica no me falla". Arte y política se dan la mano en la obra de Pinter, y sobre el mismo tema girará el discurso de aceptación del Nobel el próximo 7 de diciembre.

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REPORTAJE: UN NOBEL COMPROMETIDO
El viejo dramaturgo airado

LOURDES GÓMEZ 03/12/2005

Harold Pinter atendió, el pasado 13 de octubre, la llamada telefónica más inesperada de su vida. La Academia de Suecia le notificaba su adjudicación del Nobel en Literatura y al dramaturgo, poeta, actor y ensayista inglés le falló la palabra. "Fue una gran sorpresa. No me había pasado por la cabeza que estuvieran barajando mi nombre. Creí que ofrecerían el premio al turco Orhan Pamuk, un autor extraordinario", recordó días después en su primer y único acto público desde que trascendiera la noticia. "Estoy trabajando duro en el discurso de aceptación. Pensando con mucho cuidado en su contenido. Es una gran responsabilidad pues se convertirá en plataforma mundial", adelantó Pinter a la audiencia que le acompañó en una velada especial en el teatro londinense The Royal Court.

Organizado para celebrar la edición actualizada en inglés de su antología Various voices. Prose, poetry, politics, 1948-2005, el encuentro, celebrado a finales de octubre, adquirió una nueva perspectiva, con la meta en la ceremonia de aceptación del Nobel, el 7 de diciembre. "No, no lanzaré una granada de mano", bromeó incitado por su interlocutor, el director artístico del Royal Court, Ian Rickson, "aunque quizá arrojaré una granada silenciosa. Hablaré de arte y política, de sus puntos de contacto y desencuentro".
En el pabellón de Nobeles, Pin

ter se reencontrará con Samuel Beckett, uno de sus primeros maestros en la vida y la ficción. "Lo conocí una noche en París. Me llevó de bar en bar y terminamos tomando sopas de ajo a las cuatro de la madrugada. Bicarbonato a la mañana siguiente", rememoró. El autor irlandés dejó una honda huella en el entonces emergente escritor y actor. Por aquella época, Pinter todavía frecuentaba la vivienda paterna, en el este de Londres, donde nació el 10 de octubre de 1930. Y aún debía crear obras clave del repertorio teatral inglés, desde Fiesta de cumpleaños a Homecoming y No one's land, entre otras, que le revelarían como artista singular, distintivo, intemporal e inmortal.

"La literatura irlandesa fue una revelación para mí. Y la obra de Beckett, mágica", afirmó en Londres antes de narrar una curiosa anécdota. "Descubrí su novela Murphy en la biblioteca del barrio. La tomé prestada y me di cuenta de que nadie la había sacado en años de la biblioteca. No devolví el libro. Todavía lo conservo en casa. Mi único hurto criminal".

Pinter regresa con frecuencia a la obra de Beckett y, en 2006, tiene previsto interpretar Krapp's last tape, en el estrado del Royal Court. Es el famoso monólogo en el que el débil protagonista intenta capturar la intensidad de su juventud escuchando su propia voz grabada en una cinta de magnetofón. Un papel apropiado y posiblemente cercano al veterano actor y dramaturgo.

A sus 75 años, Pinter está frágil de salud. En 2002, le operaron de un cáncer de esófago y últimamente se resiente de una extraña enfermedad de la piel que se ceba en su boca y garganta. Habló con voz afectada en su intervención en el Royal Court y confió al poeta Tony Harrison la lectura, a lo largo de la velada, de sus poemas recientes: Muerte, Bombas, La relación especial, Dios bendiga América y otros más. Camina ahora con bastón, pero no necesita apoyo ninguno para denunciar abiertamente los abusos del poder político.
"Es un gran dramaturgo. Pocos

autores han conseguido inventar mundos no reales y convincentes a la vez. Posiblemente, Kafka y Beckett, pero, sin duda, Pinter crea mundos artificiales con los que la audiencia se relaciona y siente próximos. Éste es un reto al que nos enfrentamos todos los que trabajamos en ficción. Para mí, Pinter es modelo de referencia y un autor que siempre me ha influido", resalta el novelista Kazuo Ishiguro en una entrevista reciente. Ambos se trataron a fondo en los años noventa, cuando Pinter le compró los derechos cinematográficos de Lo que queda del día. "Escribió los dos primeros borradores del guión antes de que la película pasara a la productora Merchant Ivory. Pinter es un personaje muy interesante y complicado. Con los años se ha vuelto muy político. En su perfil de activista político, ve las cosas de una forma muy metafórica y proyecta una ira casi irracional", añade Ishiguro.

"Físicamente no estoy bien, pero la inteligencia crítica no me falla", advirtió Pinter en la citada reunión pública de octubre. "Todavía puedo pensar y ver los problemas fundamentales del mundo actual. A los políticos y mandatarios no les interesa la verdad, sino el poder. La vida y la muerte se convierten en algo irrelevante entre las mentiras, la propaganda y la basura que nos echan los políticos", arremetió.
En poemas, ensayos y discur

sos, Pinter descarga su "rabia, horror y asco" por las situaciones de opresión. Siempre ha dado voz con su palabra y sus silencios a los muertos en conflictos injustificados, a los desaparecidos y a todos los pueblos dominados por potencias imperialistas. La guerra de Irak está hoy en su punto de mira de igual forma que en el pasado ha protestado contra los abusos de Estados Unidos en Latinoamérica, la situación de los kurdos en Turquía o los bombardeos de Serbia por causas humanitarias. "¿Se siente más airado que en su juventud?", le preguntó Rickson.

"La ira debe ir acompañada de un motivo y un exacto conocimiento de la situación. Yo siento ira desde niño y está basada en hechos, en hechos reales, que se ignoran con demasiada facilidad", dijo. "Con 18 años, me declaré objetor de conciencia. Acababan de morir millones de personas en la II Guerra Mundial y los poderes occidentales ya estaban preparándonos para la siguiente guerra. Vivimos ahora en una sociedad muy impotente. ¿Quién es el objetivo de las armas nucleares de Estados Unidos y el Reino Unido? ¿Osama Bin Laden? Estas armas pueden ser las últimas bombas suicidas".

Pinter protesta por el sambenito de "viejo hombre airado" que le coloca la prensa británica en los últimos años. "En cuestiones políticas, realmente, es un viejo airado. Y una buena postura también. Necesitamos gente airada en estos tiempos que corren. Me alegró que hablara tan claramente en Hyde Park la jornada de las manifestaciones contra la guerra de Irak", afirma Ishiguro. "Como artista", ha comentado el dramaturgo David Hare, "tiene un alcance alarmante. Puede tocar notas extraordinarias construidas únicamente con ira, indignación y desprecio. Pero, en el otro extremo del instrumento, también puede desequilibrarte con toques de humor, gracia y un intenso afecto personal".

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Pinter desnuda los crímenes de EE UU y la mentira de Irak en su discurso de aceptación del Nobel
El dramaturgo británico arremete contra la política exterior de Washington y contra el Gobierno británico

ELPAIS.es - Madrid - 07/12/2005

En su discurso de aceptación del Nobel de Literatura, el dramaturgo británico Harold Pinter ha desnudado los crímenes de la política exterior estadounidense desde la II Guerra Mundial hasta la invasión de Irak, en un duro alegato en favor de la verdad y la dignidad humana en el que incluso ha sugerido que se siente al primer ministro de su país ante el Tribunal Penal Internacional.

La Academia Sueca, que el pasado mes de octubre otorgó el premio al dramaturgo, ha hecho público hoy en su página de Internet el discurso que éste les ha enviado grabado en vídeo para que sea proyectado durante la entrega de los premios en Estocolmo, toda vez que no podrá asistir a ella por motivos de salud.

Pinter plantea en su discurso las diferencias entre la literatura, donde "no hay grandes diferencias entre lo que verdad y lo que es mentira" y de hecho ambas pueden coexistir, y la realidad, en la que el ciudadano (incluido el artista) debe plantearse qué es verdad y qué es mentira.

En la arena pública, “a la mayoría de los políticos, por lo que se ha podido ver, no les interesa la verdad sino el poder y cómo mantenerlo”. “Para ello tienen que mantener a la gente en la ignorancia de la verdad, incluso en la verdad de sus propias vidas”, ha añadido Pinter. Ejemplo práctico: se aseguró que Irak tenía armas de destrucción masiva para justificar la guerra, y resulta que no las tenía. Y en concreto se dijo que podía dispararlas en 45 minutos, y no era cierto. Como tampoco lo era que el ex presidente Sadam Husein mantuviera lazos con la red terrorista Al Qaeda y fuera en parte responsable de los atentados del 11 de septiembre en Estados Unidos.

“No era verdad. La verdad es algo totalmente diferente. La verdad tiene que ver con el papel que Estados Unidos se atribuye en el mundo y cómo lo representa”, ha explicado el dramaturgo. Pinter ha trazado un retrato de la política exterior norteamericana desde el final de la II Guerra Mundial, poniendo el énfasis en lo que denomina “crímenes de EE UU”, por lo que la historia ha pasado de puntillas: Nicaragua, El Salvador, Chile y el resto de países en los que Washington apoyó a regímenes criminales.

Pinter ha expuesto cifras y atrocidades que han costado la vida a cientos de miles de personas y en las que el Gobierno estadounidense ha jugado un papel importante. “¿Tuvieron lugar? ¿Son responsabilidad de la política exterior de Estados Unidos? La respuesta es sí”, ha dicho el dramaturgo. “Pero usted no lo sabrá. Nunca ocurrió. No importa. No es interesante. Los crímenes de EE UU han sido sistemáticos, constantes, atroces y despiadados, pero poca gente habla de ellos”. ¿Por qué? Por la fría manipulación llevada a cabo de forma brillante y exitos por Washington, todo un ejercicio de hipnosis, según Pinter.

El dramaturgo denuncia las atrocidades del Gobierno estadounidense, pero también la inacción de sus ciudadanos, a los que se les permite seguir repantigando en sus sofás sin tener que ponerse a pensar sobre ello. Como consecuencia de todo ello, la primera víctima o quizá la última, es la conciencia, hasta el punto de que Pinter se pregunta si alguna vez alguien la tuvo. Y procede a señalar casos actuales como la prisión de Guantánamo, que apenas ocupa espacio en los medios porque Estados Unidos lo ha planteado como una cuestión de “estás conmigo o contra mí”. “Y Blair se calla”, ha añadido.

Vira así la invectiva de Pinter, que sin olvidar a Washington pone el foco también sobre el primer ministro británico, Tony Blair, y su actitud durante la guerra de Irak, hasta el punto de sugerir que el político laborista podría ser sentado ante el Tribunal Penal Internacional por las atrocidades cometidas en Irak.

Termina Pinter citando al poeta chileno Pablo Neruda para asegurar que es “una obligación crucial” de los ciudadanos y de la sociedad delimitar esa verdad y asimilarla al discurso político, pues ésa es la única esperanza de recuperar lo que casi se ha perdido: la dignidad del hombre.

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REPORTAJE: UNA VOZ CRÍTICA Y PROVOCADORA
La furia rebelde de Harold Pinter
El dramaturgo británico gana el Premio Nobel de Literatura con una obra que mezcla arte y política

LOURDES GÓMEZ - Londres - 14/10/2005

Harold Pinter declaró ayer, tras ser distinguido con el Nobel de Literatura, que estaba encantado y se preguntó si el galardón recompensa también su compromiso político. Dijo que su primera celebración fue con su esposa, con quien brindó con champán mientras llegaban ramos de flores a su casa londinense de Holland Park.

Harold Pinter declaró ayer, tras ser distinguido con el Nobel de Literatura, que estaba encantado y se preguntó si el galardón recompensa también su compromiso político. Dijo que su primera celebración fue con su esposa, con quien brindó con champán mientras llegaban ramos de flores a su casa londinense de Holland Park. El dramaturgo contó que no piensa escribir más teatro, pero sí poesía. El escritor se reafirmó en su compromiso con el arte y la política: "Estoy profundamente comprometido con ambos y en ocasiones arte y política se encuentran y en otras no". Sobre sus planes de futuro, insistió en que piensa centrarse en la poesía y en su compromiso político.

Pinter cumplió los tres cuartos de siglo el pasado lunes. Un cumpleaños que fue más festejado en la vecina Irlanda que en su país nativo. El teatro Gate, de Dublín, honró su 75º cumpleaños con un rico programa de festejos a lo largo del fin de semana en los que participó la élite del teatro y el cine internacionales. El lunes, una emisora de la BBC estrenó su último trabajo, Voices, una pieza dramática musical en la que Pinter colabora con el compositor James Clarke.

Nada mejor para rematar los tributos hacia uno de los más grandes de los dramaturgos ingleses contemporáneos que la adjudicación del Nobel de Literatura. "Es un gran galardón para un gran y original poeta del teatro. Estoy encantado con la decisión", exclamó el director Peter Hall.

En Voices, Pinter descubre una nueva estructura formal, pero sigue indagando en el foso humano de lo inhumano. En sus cinco décadas de actividad creativa y denuncia social, Pinter conjuga el arte y la política en una búsqueda por descifrar la verdad personal y pública.

Hace unos años, al lanzar su página de Internet, recuperó una conclusión a la que había llegado en 1958: "No hay grandes diferencias entre lo que es real y lo que no es real, tampoco entre lo que es cierto y lo que es falso". Y añade en la portada de la web: "Creo que estas afirmaciones aún tienen sentido y todavía se aplican a la exploración de la realidad a través del arte. De esta forma, como escritor, las mantengo, pero como ciudadano no puedo hacerlo. Como ciudadano debo preguntarme: ¿Qué es verdad? ¿Qué es falso?".

Su voz comprometida resuena siempre con fuerza. En 2003, ya aquejado por un cáncer de esófago, retornó una vez más a la arena pública en protesta contra la guerra de Irak. Al término de las masivas manifestaciones que hubo en todo el mundo, y que en Londres concentraron a más de un millón de personas, Harold Pinter subió al estrado levantado en Hyde Park para pedir la dimisión del primer ministro británico Tony Blair. Desde entonces acusa a Blair y a Bush de "criminales de guerra" y denuncia sus acordes "posturas morales" de "insulto contra todos nosotros". "Lo que encuentro absolutamente detestable", señaló en una reciente entrevista con su biógrafo, Mark Batty, "es la posición moral de Blair y Bush". "Piensan que tienen la autoridad moral y que lo que están haciendo es moralmente correcto, cuando es pura basura". Su protesta contra la guerra tomó forma creativa en unas colecciones de poemas, entre ellos War, publicado este año.

Harold Pinter nació en el barrio de Hackney, en el popular Este de Londres, el 10 de octubre de 1930. De padres judíos, conoció de cerca el racismo que pregonaban los fascistas de su barrio. Objetor de conciencia a los 19 años, comenzó entonces a escribir sus primeras poesías y actuar en obras de teatro. La habitación y Tiempo de fiesta, que se llevaron a escena a finales de los cincuenta, culminaron en El cuidador, una sublime exploración del racismo y probablemente su gran obra maestra. Se estrenó en 1964, fue llevada al cine, y aún sigue representándose en salas de todo el mundo.

Pinter ha escrito 29 obras de teatro; 21 guiones, incluidos La mujer del teniente francés y Betrayal, candidatos a los Oscar; la novela Los enanos; decenas de relatos cortos y cientos de poemas. Pero, ante todo, es el más relevante e importante dramaturgo inglés vivo.

En el Teatro Nacional de Londres, donde ejerció de director asociado entre 1973 y 1983, se recibió ayer con entusiasmo el anuncio del premio. "Está entre los tres más importantes escritores de los últimos 30 años. Algunas obras son difíciles de comprender, pero él sigue innovando", señaló Al Haydes, un aficionado de 71 años. "¡Qué buena noticia!", exclamó el más joven Stuart Silver, un actor de 30 años. "Es un genio. Una gran figura. Es un autor comprometido políticamente, que está acercando al gran público cuestiones de la coyuntura actual. Y, en estos tiempos, es necesario que los artistas hagan más accesible la política mundial", sostenía Silver, intérprete de sus textos.

"Es un autor muy respetado. Cada vez que viene al teatro se monta un gran alboroto. La gente quiere ver sus obras y sobre todo a él en persona", explica Sean Elliott, empleado de la librería del teatro. "Estoy encantada. Se merece el Nobel por su gran contribución a nuestra literatura y por dar a conocer sus opiniones políticas, liberales e izquierdistas", comenta Meirion Davies en la cafetería del teatro, junto al Támesis. "Sus ideas quizá no casan con algunos, pero conmigo sí".

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Caminito dijo

Hola, Hiri. ¿Cómo estás? Espero que muy bien. Estoy leyendo este post dedicado a Harold Pinter que desconocía. Es muy interesante. Muchas gracias!!!
Un abrazote enorme, y buen 26 de diciembre ;)

ELQ

ELQ dijo

PINTER NA TERCEIRA FASE

Manuel Lourenzo- La Voz de Galicia 26.12.2008

Ou título pode non ser afortunado, agora que Pinter morreu. Cando alguén morre, ou costume é falar nun ton serio de cousas serias. Falaremos entón de Harold Pinter, mais nun ton coloquial, como o gustaba de empregar nas súas obras, desde aquelas The Room ou The Birthday Party, de 1957, que inauguran unha maneira de ollar ou que acontece, de apontoo e de comunicalo como unha certeza relativa.

Esta terceira fase aludida non é unha referencia ao mundo extraterrestre, mais á nosa relación co seu teatro, cando Pinter comeza a súa andaina, a finais dous anos cincuenta do pasado século, facendo parte daquel grupo rupturista dous Young Angry Men, que revolucionasen ou teatro inglés ?e non só?, coa súa demolición dá vella escena e a incorporación de novos autores que ían levar aos palcos personaxes e situacións tiradas dá máis crúa realidade. Nesta fase, que eclosiona nos anos sesenta, parece que vos ouvidos están máis abertos e ?aínda que discretamente? #producir\\\\+se\\\\\\ onda nós unha certa atención por aquel grupo revolucionario de escritores, e por Pinter, a quen relacionamos con Beckett e con certos autores do «absurdo», máis talvez que cos seus compañeiros «irados»: vos Osborne, Wesker, Arden ou Delaney... Con todo, e malia vos traballos do noso autor para ou cinema, ou mundo pinteriano non se instalou nos nosos «usos preferentes», ficando á espera de non sabemos que tempos ou modas...

Na segunda fase, xa a partir dúas setenta, e cando xa non seu país era considerado un clásico, con seguidas estreas e reposicións, aquí a penas significaba algo, ficando reducido a algúns estudos e moi escasas probas escénicas. E conste que falo do mundo celtibérico, onde ou dera a coñecer Luís Escobar con moi coidadas traducións e mesmo escenificacións, e non especificamente do galego, non que entra dá man de Manuel F. Vieites, tradutor, e de Xulio Lago, director de Vellos tempos (1998); feitos que, mesmo significando un grande esforzo, non chegaran a promover unha atención máis doada.

Para rematar, a terceira fase comeza coa concesión do Nobel de Literatura ao noso autor (2005), que, malia vos oportunismos, abre xa unha porta grande ás traducións, mesmo ás estreas, coa profusa participación dúas novos medios comunicadores. Unha atención máis continua e precisa, que se dá entre esta data e a dá morte, hai apenas dous días, e sen dúbida en atención a un dramaturgo de obrigada referencia e constante recurso para quen quixera saber algo dás relacións entre a vida (realidade) e ou teatro (máscara que representa a realidade), nunha linguaxe concisa, coloquial, pautada, a atrapar uns personaxes marxinais, derrotados ou ofendidos, encerrados nuns cuartos dous que non poden ou non queren saír: seres parlantes torturados por mil repeticións, lapsus e pausas, por unhas incertezas que vos sitúan nun ámbito grave e reflexivo, que por raros e intrincados camiños, leva a unha comicidade que nos lembra a Vladimiro e Estragón, na súa eterna espera de Godot... «Non hai unha distinción clara entre ou real e ou irreal ?di ou noso autor?, nin entre ou verdadeiro e ou falso».

E, xa postos a citar, deixaremos aquí unha reflexión de Pinter que nos pode indicar a medida dá súa visión do mundo, do seu mundo literario, tan complexo, cando menos, como ou real: «Ou único que nos resta é a lingua inglesa. Podémola salvar?» Intelixente suxestión.

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