20 May 2008
El "anti" como justificación
El descontento es una característica humana, así como el rezongar constantemente ante todo lo que nos ofende o simplemente nos molesta un poco. Se puede ir desde la protesta ocasional a la sistemática y es evidente que los que están condenados a escucharla darán mayor crédito al que critica poco y razonadamente que al que todo lo encuentra mal.
La crítica política y social es un ejercicio saludable que identifica errores, única manera de corregirlos, pero cuando es general, excesiva y nunca ofrece alternativas viables es tan poco útil como la falta de la misma. Puede ser una estrategia política conscientemente adoptada para acoso y derribo, pero es frecuentemente individual y no tiene objetivos claros. El hipercrítico suele ser un frustrado que se cree poco considerado y es posible que en alguna ocasión tenga motivos para creerlo, pero su actitud acaba por desautorizarle tanto como al que no los tiene. Es fácil echarle la culpa del propio fracaso profesional o afectivo a una entidad abstracta como “el sistema”, “la sociedad”, o a algo más concreto pero lejano como el gobierno de turno, el partido en el poder, etc. El que escucha la lista de agravios no tiene manera objetiva de juzgar si son ciertos, exagerados o simples mentiras, pero no se le pide tanto, sólo que sirva de caja de resonancia para las quejas del protestón, que cuanto más las repite más se las cree.
El extraño sentimiento antipatriótico que tienen tantos españoles es pariente cercano de esta actitud. Yo tengo una amiga muy querida que tiene una cierta obsesión y que no deja de repetir que “ella no se siente española” cada vez que algo le sale mal, sus ideas sufren un revés electoral, o simplemente cuando se encuentra cansada y nerviosa. Da igual que haya nacido, se haya criado y haya vivido toda la vida en Madrid; por razones que seguramente se remontan a su infancia, a su militancia antifranquista y a la reacción contra el ridículo y ahogante nacionalismo oficial de su juventud, parece creer que cualquier otro país (al norte de los Pirineos, se entiende) es mejor y que ella sería allí sin duda más feliz. Ella misma reconoce que tampoco se identifica con ningún otro lugar, que se considera “apátrida”.
Otra amiga también muy querida aunque no muy estable psicológicamente pasó algunos años de su infancia en Gran Bretaña, país al que idealizó en la misma medida en que crecían sus problemas afectivos y de salud como adulta en España. Cuando tuvo ocasión de jubilarse, ya con más de 60 años, se fue a vivir sola a Londres: una decisión catastrófica que acabó por arrancarle sus últimas gotas de buen juicio.
Los nacionalistas periféricos han derivado tradicionalmente hacia el antiespañolismo porque su fe idealiza las fantásticas virtudes de la raza y del terruño, que debe quedar libre de la contaminación supuestamente foránea para alcanzar la felicidad, aunque las entidades que ellos proponen son tan abstractas y están construidas sobre los mismos o más dogmas y coerciones que la que rechazan.
Los que no se dicen nacionalistas apenas consideran que el grado de elección de país y cultura está limitado de origen por múltiples condiciones personales, por no hablar de los impedimentos jurídicos y, desde luego, no entienden que la deseable superación del nacionalismo no pasa por el ataque indiscriminado a lo propio, fácil de criticar porque es lo que mejor se conoce. Pregunte y verá que pocos de ellos han tenido una verdadera experiencia de vida y relación en otros lugares. Tampoco es explicación o excusa plausible la existencia de nacionalistas de extrema derecha, agitadores de banderas y pancartas más o menos xenófobas y clericales, porque no son una exclusiva española y sólo representan otra irracionalidad minoritaria.
Sería para mucho análisis el ver porque, justamente cuando España vive el período más prolongado de paz, progreso y libertad de toda su historia, hay tantas personas tan escépticas y negativas como si escribieran en tabloides ingleses. Supongo que olvidan lo obvio: el paraíso no existe y, además, hay que luchar siempre por lo que uno quiere… hasta en Alemania o Suecia.


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