En 1978, los españoles nos dotamos de la actual constituciónque hoy disfrutamos. En aquel entonces las divisiones políticas estaban muymarcadas en cuanto al modelo de estado, había gente con claras tendenciascentralistas, que no aceptaban otro tipo de poder que no fuese el de la soberaníanacional española ni otra división administrativa que no fuese España.
Por otro lado estaban los independentistas, vascos,gallegos y catalanes, que quería la independencia total de sus territorios.
Al final se llegó al estado que actualmente tenemos, elautonómico, en el que ambas posiciones vieron reflejadas sus aspiraciones y en las que ninguna de ellas consiguieron totalmentesus objetivos. Se agradó y desagradó a ambas posturas de igual manera.
30 años después, el proceso autonómico está consolidado einclusive, ampliamente superado. Recordemos que existen muchas competencias queson claramente estatales, que el gobierno nacional de España ha idotransfiriendo a las comunidades autónomas, como por ejemplo: Educación.
Pero tenemos que saber, que mientras la mayor parte lagente que en un primer momento era claramente “centralista” en sus posiciones,ha ido admitiendo e inclusive, ha ido viendo con agrado nuestro actual estadode las autonomías, la otra parte, no se ha movido ni un ápice de sus objetivosoriginales, y ha manejado el pacto autonómico con deslealtad, intentandoconstantemente dinamitar una Constitución de la que se han valido durante 30años para lograr notoriedad y cutas de poder.
Ahora nos quieren vender que la Constitución de 1978 está “acabada”y que es hora de dar un nuevo paso hacia la independencia, y en este punto mipregunta es: ¿y si hay que replantearse nuevamente la Constitución, porque nopodemos tratar nuevamente una supresión, por ejemplo de las Autonomías? ¿Por quéhay que negociar desde el máximo autogobierno ya conseguido por losnacionalistas? ¿Es qué lo que creen en España como su nación son los únicos quetienen que ceder en este “entuerto” independentista?
El nacionalismo vasco, y últimamente también el catalán, esprofundamente xenófobo, excluyente y con serios tintes nazifascistas.
¿Alguien ha leído a Sabino Arana? ¿y a Prat de la Riba?
El primero empequeñece en su obra la locura de Hitler encuanto a xenofobia, el segundo la emula en cuanto a imperialismo.
Nuestros nacionalismos no solo son profundamente xenófobos,además basan sus raíces en profundas mentiras y agravios inexistentes, agraviosde carácter históricos, agravios lingüísticos y agravios económicos.
Hasta ahora, habían encontrado campo raso, nadie osaba areplicarles, no fuésemos a ser tachados de “fascistas”.
Para los nacionalistas vascos, gallegos y catalanes no cabela crítica ni la discrepancia con su proyecto nacional. No hay medias tintas.,todo con ellos es o negro, o blanco, o se está con ellos o se está contraellos.
Si estás con ellos, eres un patriota, un “maulet” un “gudari”.
Si discrepas de ellos eres un “facha” españolista. Un “botifler”un “zipaio”.
Da igual que ames profundamente a Cataluña, al País Vasco oa Galicia. Si te opones a ellos es porque “odias” a esas tierras.
Siempre sienten una profunda aversión a todo lo español, yse enorgullecen de ser profundamente agresivos con quienes no opinamos comoellos.
"Quien ha estado largo tiempo confinado en elpapel de menor y ha tenido que dedicar todos sus esfuerzos a la definición y ala defensa de su propia identidad, tiende a prolongar esta actitud inclusocuando ya no es necesaria. Al mirarse a sí mismo, absorto en la afirmación desu propia personalidad y cuidando que los demás le rindan el debidoreconocimiento, corre el peligro de dedicar todas sus energías a esta defensa yde empobrecer el horizonte de su existencia, de carecer de grandeza en susrelaciones con el mundo."
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Claudio Magris, El Danubio"El pueblo no puede decidirhasta que alguien no decida quién es el pueblo."Ivor Jennings, TheApproach to Self-Government.
Reconozco que yo que jamás he sido de banderas e himnos,ahora veo absolutamente necesario defenderlos de los ataques constantes eindiscriminados de estos sujetos destructores de nuestro marco de convivencia,porque estoy absolutamente convencido, que ellos se han hecho grandes, no porel apoyo popular en sus respectivos territorios, sino por la falta de defensaque los españoles hemos hecho de nuestra nación y nuestras instituciones.
No existe nacionalismo bueno…. los hay malos y peores.
Pero la ausencia de nacionalismo no debe ser autodestrucción de lasociedad que lo abandona. Ante el abuso del nacionalismo por parte de aquellosque quieren ejercer fuerzas centrífugas contra el estado, se impone una ciertarespuesta centrípeta de aquellos que creen en este estado como marco de convivencia.Si las fuerzas de uno no contrarrestan a la de los otros, el estado, finalmente,se rompe.
La doctrina “autodeterminista” ha ido calando a lo largo dedécadas en la sociedad española, especialmente en las capas más jóvenescarentes de perspectiva histórica.
Si uno habla con cualquier joven universitario español y lepreguntas sobre el derecho de autodeterminación de los pueblos, rápidamente tecontestará afirmativamente a qué cualquier sociedad tiene derecho, y estos jóvenesuniversitarios se atreven a aseverar semejante dislate cuando en el mejor delos casos, apenas saben lo que es la ONU ni tienen idea alguna de la teoría delestado ni las fuentes del derecho.
La reclamación del derecho de autodeterminación está demoda. Los nacionalistas y su aparato de propaganda intelectual y mediático han contribuidode manera deliberada e incansable a vulgarizar el término y, tal como es costumbreen ellos, a falsearlo. Con insistencia machacona, en declaraciones conjuntas decarácter solemne, en programas políticos, en artículos de fondo o en debatesacadémicos, la máquina nacionalista de creación de opinión ha introducido en lasociedad española la idea de que el derecho de autodeterminación de lospueblos, del que por supuesto se guardan siempre muy bien de especificar en quéconsiste, es un componente democrático irrenunciable de cualquier ordenamientojurídico presentable, que su ausencia de la vigente Constitución española es undefecto a corregir y que poner en duda tales axiomas revela una actitudopresivamente centralista e irritantemente vulneradora de libertadesfundamentales.
La pretensión de confederalizar institucionalmente elEstado, de romper su unidad fiscal o asistencial, de expulsar la lengua comúndel espacio oficial y público en determinadas comunidades bilingües o deresolver el problema del terrorismo etarra mediante la introducción de uninconstitucional "ámbito vasco de decisión", son aspectos variados deesta implacable operación de subversión ideológica destinada a fragmentar launidad nacional liquidando el gran pacto civil y democrático de 1978.
En la actualidad, asistimos en Europa a una corrienteimparable de destrucción de marcos de convivencia amplios que coexisteparadójicamente con la construcción de una Unión de Estados y de ciudadanos deconsiderable alcance, calado y ambición.
En dos planos distintos operan con enorme vigor dosprincipios contrapuestos, el principio racional-democrático de ciudadanía que inspirala profundización, consolidación y ampliación de la Unión Europea, por unaparte, y el irracional de identidad étnico-lingüística que socava los órdenesconstitucionales y la convivencia pacífica de importantes Estados-Nacióndemocráticos e históricamente asentados, por otra. España, sin dejar de actuarcon entusiasmo como miembro especialmente activo de la Unión, tiene el ingratoprivilegio de albergar en su torturado seno a algunos de los más notorios yvirulentos ejemplos de esta segunda tendencia.
En dos planos distintos operan con enorme vigor dosprincipios contrapuestos, el principio racional-democrático de ciudadanía que inspirala profundización, consolidación y ampliación de la Unión Europea, por unaparte, y el irracional de identidad étnico-lingüística que socava los órdenesconstitucionales y la convivencia pacífica de importantes Estados-Nacióndemocráticos e históricamente asentados, por otra. España, sin dejar de actuarcon entusiasmo como miembro especialmente activo de la Unión, tiene el ingratoprivilegio de albergar en su torturado seno a algunos de los más notorios yvirulentos ejemplos de esta segunda tendencia.
A gran escala, Europa se ha liberado de su viejo demoniofamiliar de la unificación por la fuerza bajo la égida de una gran potenciahegemónica autopercibida como la representante más cualificada de la culturauniversal y de los valores superiores de la civilización. España, Francia yAlemania intentaron sucesivamente la hazaña impulsadas por Dios, por la Razón ypor la Raza.
Hoy, afortunadamente, Carlos V, Napoleón y Hitler, salvadasentre ellos las obvias distancias, son sólo motivo de recuerdos conmemorativoso de arrepentimientos avergonzados.
La Unión Europea constituye una opción decidida por laconvivencia armoniosa, solidaria y democrática de pueblos, lenguas, tradicionesy credos enriquecedoramente heterogéneos con el noble e inteligente propósitode realizar juntos tareas que beneficien a todos. Parece como si otro de losgrandes experimentos fracasados de vida en común de muchas gentes diversascubriendo vastos territorios, el imperio danubiano de los Habsburgo, volvierapara insuflar su espíritu amablemente paternal, tolerante y plural a loslíderes europeos de finales del siglo xx, recordándoles que es posiblearticular lo diferente cuando el nexo de unión es flexible y está basado envalores moralmente superiores a la primitiva y degradante identidad tribal.
Sin embargo, y para nuestra desgracia, la otra tentaciónluciferina del alma europea, el romanticismo esencialista pulverizador deEstados en nombre de la Nación, continúa vigente y cobra renovados bríos.
De nada sirven la experiencia histórica acumulada, con susestelas de horror, de barbarie y de muerte masivas infligidas a poblacionesinocentes a mayor gloria del Volkgeist, ni la observación de los presentesconflictos sangrientos que han desgarrado y todavían laten en los Balcanes, en Irlandao en el País Vasco, ni, sin llegar a tales niveles de tragedia, laincertidumbre, el desasosiego o las tensiones reinantes en Italia, en Francia yen España en torno a las agresivas políticas disgregadoras de los nacionalismospadano, corso o catalán.
La tremenda y siniestra eficacia electoral de la apelacióna la identidad étnica, lingüística o cultural, o al imaginario agravioeconómico o fiscal, induce irresistiblemente a los dirigentes nacionalistas allamar a la división, a la separación y al enfrentamiento con sus Estadosmatriz, por democráticos, descentralizados y redistributivos que éstos sean.
La suprema certidumbre del poder esmucho más atractiva que el humilde fulgor de la verdad.
En este agitado contexto, la exigencia airada del derechode autodeterminación, de su ejercicio irrestricto y de su inclusión en losmarcos legales de los Estados compuestos, como es el caso del Estado español,se ha convertido en una de las principales armas dialécticas de losnacionalismos particularistas en su afán por conseguir la "soberanía"para sus supuestas "naciones".
Evidentemente, esta perentoria petición no es más que unamaniobra de distracción y un astuto ejercicio de calentamiento del ambienteporque en el momento en que los nacionalistas advierten que son mayoría en lascomunidades donde operan, proceden indefectiblemente a una convocatoriaunilateral del plebiscito para la independencia, sin esperar a modificaciónconstitucional alguna.
La impúdica afirmación del jefe de filas del independentismoquebequés, Lucien Bouchard, de que llamarán al referéndum cuando "lesconditions seront gagnantes" se comenta sola.
Ni que decir tiene que la posibilidad de volver a preguntaral pueblo de Québec si desea su reintegración en la federación canadiense, unavez que la hipotética consulta victoriosa hubiera tenido lugar, ni secontempla.
Los nacionalistas de todas las latitudes, y en esto hay quealabarles el gusto, sólo compran lotería si saben que les toca.
Ahora bien, no es casualidad que, pesea la existencia en el mundo de unas mil quinientas naciones catalogadas en elsentido étnico-cultural, los asientos de las Naciones Unidas estén ocupados pordos centenares escasos de Estados reconocidos, entre los cuales tan sólo unadocena presentan, a la luz de esta misma perspectiva, una perfectahomogeneidad. Tampoco es un capricho que el orden internacional ofrezca unaindisimulada resistencia a los cambios en el número e identidad de los Estadosindependientes homologados y reconocidos como tales por el resto.
El problema que se nos plantea es: el derecho de autodeterminación ¿es underecho?
Y si lo es ¿cuáles son sus límites?
el presidente norteamericano Wilson, escribió en el puntocuarto de su célebre mensaje del 12 de febrero de 1918: "Todas las aspiracionesnacionales bien definidas deberán recibir la satisfacción más completa quepueda ser otorgada sin introducir nuevos o perpetuar antiguos elementos dediscordia o de antagonismo, susceptibles de romper con el tiempo la paz deEuropa y, en consecuencia, la del mundo".
Estados en la resolución de la Comisión de Juristas que porencargo de la Sociedad de Naciones dirimió el conflicto entre Suecia yFinlandia por la posesión de las Islas Aaland: "… El derecho internacional no reconoce afracciones de pueblos, como tales, el derecho de separarse por un simple actode la voluntad del Estado de que forman parte, y tampoco reconoce a otrosEstados el derecho asolicitar tal separación.
La Declaración deRelaciones Amistosas de 1970 es todavía más esclarecedora alseñalar que ninguna de sus disposiciones debe interpretarse en el sentido de "autorizar o fomentar cualquieracción dirigida a destruir o menoscabar total o parcialmente la integridadterritorial de Estados soberanos e independientes que actúen conforme alprincipio de igualdad de derechos y de libre determinación de los pueblos antesdescritos y, por tanto, tengan un gobierno que represente a la totalidad delpueblo perteneciente al territorio, sin distinción por motivos de raza, credo ocolor".
De hecho, el informe del Comité para la Eliminación de laDiscriminación Racial de la mencionada organización correspondiente a 1996 contenía un toque deatención sobre la dificultad que los niños de habla castellana encontraban pararecibir enseñanza en su lengua materna en Cataluña.
El derecho de autodeterminación figura, por tanto, en elsistema jurídico internacional contemporáneo en forma de mero principioinspirador, excepción hecha del caso de la descolonización, para el queadquiere un carácter prescriptivo más preciso. Dado que no parece demasiadoplausible asimilar la situación de Cataluña y del País Vasco en España a la deun dominio colonial, las invocaciones nacionalistas a la doctrina de lasNaciones Unidas sobre el derecho de autodeterminación sólo pueden seratribuídas a la ignorancia o a la mala fe, o sea, a la mala fe.
El "pueblo" titular del supuesto derecho ha deser entendido, según el corpus jurídico emanado de la ONU, en el sentido civildel término, es decir, como el conjunto del pueblo del Estado democrático deque se trate, y bajo ningún concepto en su modalidad étnica o lingüística.
Ni siquiera la emancipación de una colonia se refierea una separación entre razas, lenguas o religiones, sino a una desagregaciónpolítica del territorio de la colonia emancipada del territorio de la potenciacolonizadora.Y, desde luego, el derecho de autodeterminación no equivale, según la doctrinamás universalmente aceptada por la comunidad académica tanto constitucionalistacomo internacionalista, alderecho de secesión que, muy al contrario, es inequívoca y contundentemente negadoen numerosas declaraciones y resoluciones de las Naciones Unidas.